Este sitio te permitirá acceder a los artículos de Rigo Vargas publicados en el periódico "El Sol de León", en la columna del mismo título

domingo, 27 de noviembre de 2011

El Verdugo, la Víctima y el Salvador - publicado el 27 de noviembre de 2011

El verdugo, la víctima y el salvador

En cualquier ámbito de nuestras vidas, existen un trío de posturas o actitudes, que por naturaleza humana, nos empeñamos en actuar. Me refiero al rol de víctima, verdugo y salvador o vengador. Tanto en el trabajo, en el hogar, entre los amigos, de padres a hijos y viceversa, etc. esta triada de roles tiende a aparecer y a engancharnos, como si de una irresistible obra de teatro se tratara.
Una de las características de este conjunto de roles, es que tiende a mutar y por ende a transformarse: aquel que solía ser víctima, se convierte eventualmente en verdugo y más tarde, según las circunstancias se lo dicten, puede tomar la forma del salvador. Este orden no es necesariamente rígido. Desde cualquiera de los tres, la tendencia es a transformarse en otro, pero sin salir de ahí, lo que genera la mayoría de los dramas que escogemos manifestar en nuestra existencia.

El papel de víctima es sin duda el más común de los tres. Es muy fácil que cuando nos toca vivir una situación que no nos gusta, nos sintamos “víctimas de las circunstancias”, o de nuestros padres, o de la pareja o de los hijos, o de quien sea que le responsabilicemos del estado en el que nos encontramos. Siempre será lo más cómodo y nos libera de la responsabilidad de que nosotros mismos hemos propiciado o atraído aquello que ahora sufrimos. Desafortunadamente este estado crea una poderosa adicción, que es fomentada por las otras personas que están en nuestro entorno. “Pobretear” a alguien, es de las actitudes que tienden a perpetuar ese estado de victimización. Por ejemplo: “Pobrecita, que mal te fue con ese hombre”, “pobre de fulanito, ya se quedó sin trabajo”, “pobre de mí, soy tan desdichado”, etc. Fácilmente olvidamos el enorme poder que tienen nuestros decretos hablados.
Este papel tan común, también tiende a subsistir cuando la “víctima” recibe una retribución emocional gracias a él. Un caso sería, si así recibe más atención sobre su persona que antes no tenía, o tal vez si esa postura lo exime de hacer algo que tiene que realizar. El ser víctima crea el catálogo perfecto de pretextos de “porqué no debo hacer las cosas”, aun cuando son necesarias o requeridas.

El papel de verdugo, es el resultado natural del anterior. Generalmente los verdugos surgen a consecuencia de las víctimas, no al revés. A diferencia de la anterior postura, el verdugo casi nunca es consciente de que lo es y cree estar actuando acorde a las circunstancias. La víctima crea al verdugo, al otorgarle poder sobre de sí mismo, sea real o voluntario. Un caso de verdugo real, sería un jefe abusivo y sobre-exigente. Un voluntario podría ser la pareja.
El papel de salvador o vengador, es resultado del antagonismo ente los dos anteriores. Es el héroe que se interpone entre el verdugo y la víctima, para salvarla de su yugo. Lamentablemente, el efecto que consigue esta postura es perpetuar el papel de la víctima al no permitirle defenderse por sí mismo. Una de las características más acusadas de este rol, es la condescendencia o una compasión excesiva hacia la víctima.

Estos tres vértices, conforman el área donde el drama cotidiano va escribiendo su historia. Sin embargo, es necesario encontrar las causas de este rasgo de la naturaleza humana. Desde el punto de vista mental, este esquema se basa en la idea de la desigualdad. Si me siento menos o más que las otras personas, por cualquier razón que crea que me sustente tal creencia, mi tendencia natural será adoptar cualquiera de estas tres posturas del paradigma reinante. El pobre que se siente víctima del gobierno que no lo ayuda; el padre que cree que ser brutalmente estricto con sus hijos es por su bien (verdugo); el amigo que se la pasa “confortándome” con frases como, “pobre de ti, como has sufrido. Lo bueno es que no estás solo. Yo siempre estoy acompañándote en tu dolor”.
Desde la perspectiva espiritual, existen dos causas para este comportamiento. La primera es la creencia de que somos seres individuales separados de los demás. No nos queremos dar cuenta que todo lo que hacemos a los demás, en última instancia nos lo estamos haciendo a nosotros mismo, sea positivo o negativo. Todos somos parte de una sola conciencia y de una misma especie. Provenimos del mismo lugar y nuestras almas forman un entramado divino que genera las circunstancias de nuestra existencia.

La otra causa es que hemos olvidado nuestra verdadera naturaleza de seres espirituales con experiencia terrenal. Somos una expresión divina que tiene como funciones conocerse, amar y amarnos  y recordar que estamos en el proceso de regresar a la fuente de la cual provenimos.
En última instancia, somos responsables de nuestra propia existencia y mientras más tardemos en comprenderlo, más tardaremos en tomar las riendas de nuestra vida. Siempre procuremos rodearnos de personas que comprendan que somos responsables de nuestras circunstancias y que nos permitan tratarlas del mismo modo.

En lugar de ser la víctima, el verdugo o el salvador, ¿por qué mejor no convertirnos en los arquitectos de nuestro propio destino?
¡Que tengas feliz fin de semana!

domingo, 20 de noviembre de 2011

Tu Lado Oscuro - publicado el 20 de noviembre de 2011

Tu Lado Oscuro

Nuestro mundo es un lugar que se rige por la dualidad de nuestra percepción. No podríamos entender el calor sin el frío, la alegría sin la tristeza, el arriba sin el abajo, la riqueza sin la pobreza, etc. Es así, que las cosas que consideramos buenas, no podrían serlo si no existieran sus opuestos. La personalidad no es la excepción. En nosotros hay luz, pero también existe la oscuridad. Es esa parte desagradable de nuestro interior, que tratamos de ocultar a los demás y a nosotros mismos, pero que de cierto modo, emerge en algunas circunstancias y toma las riendas de la situación, motivándonos a hacer o decir cosas, de las que posteriormente nos arrepentimos.
Sin embargo, la oscuridad interna cumple con la función de matizar a la luz y es tan mala como le permitamos serlo. Imaginemos un cuarto blanco donde estamos ante un lienzo en blanco y se nos pide que pintemos algo en él, pero las únicas pinturas que nos dan son blancas; ¿podríamos pintar algo en esas circunstancias?

En el mundo del cine, por ejemplo, sería muy difícil disfrutar una película si no hubiera villanos que hicieran batallar al héroe. De hecho, existen algunas películas donde se habla del “lado oscuro” de forma alegórica. Un ejemplo podría ser la saga de la “Guerra de las Galaxias”, donde los protagonistas tienen la disyuntiva de escoger ese lado oscuro y abandonarse a su poder. Otro, sería la trilogía del “Señor de los Anillos”, donde el portador del anillo principal, sufre los efectos del mismo, manifestando toda la parte negativa de su ser. También cabe mencionar la magnífica serie “Dexter”, que está basada en el libro “El Oscuro Pasajero” de Jeff Lindsay, donde el protagonista tiene que lidiar con esa parte sombría de su comportamiento, que lo lleva a cometer actos extremos.
Hay ocasiones, en las que el secuestro de nuestros actos por parte del lado oscuro, es tan contundente, que las consecuencias pueden llegar a ser fatales y dejar secuelas de por vida. Si permitimos que nos invada y tome el control, podemos pasar el punto de no-retorno, ocasionando daños irreparables a nuestros seres queridos o a nosotros mismos.

Existen otras variantes de ese lado oscuro, por ejemplo, cuando se convierte en un estilo de vida y lleva a una persona normal a transformarse en un sociópata, o más aún, en un sicópata. Desafortunadamente, cada día nos enteramos de eventos ocurridos en el mundo, que no hacen más que reflejar ésta realidad. La diferencia entre una persona que tiene “arrebatos” del lado oscuro y otra que lo convierte en su código de comportamiento, es algo muy simple: la premeditación. El sociópata planea de antemano como va a dañar a su objetivo, a diferencia de las personas comunes, que nuestro lado oscuro, aparece solo en contadas ocasiones. No obstante, eso no nos exime del riesgo de caer en una espiral emocional, que nos podría llevar a extremos catastróficos. Los celos y los crímenes pasionales, son perpetrados todos los días por gente común y corriente.
No es posible, ni sano, negar esa parte oscura en nosotros mismos. Lo que sí nos corresponde es aprender a aceptarla, a controlarla y a ponerla en balance armónico con nuestra luz interna.

La buena noticia es que el lado oscuro tiene funciones muy importantes y necesarias en nuestra vida. Si no fuera por él, no podríamos disfrutar del libre albedrío. Únicamente existiría un solo camino, por que seríamos incapaces de reconocer las opciones.
A mi parecer, la función más importante del lado oscuro, tanto en nosotros, como en los que nos rodean, es que nos brinda la oportunidad de hacer aquello que más nos ennoblece como seres espirituales que somos: perdonar y perdonarnos. El perdón es el camino más rápido hacia el encuentro con nosotros mismos y nuestra condición de seres divinos en proceso de aprendizaje. Pero, ¿Cómo podríamos perdonar algo si no hubiera nada que perdonar?

Es así, que tenemos que sentirnos muy agradecidos por la existencia de esta parte oscura en nosotros. Si no fuera por ella, no seríamos conscientes de nuestra luz interior, porque, después de todo ¿Qué es la oscuridad sino falta de luz?
¡Que tengas feliz fin de semana!

domingo, 13 de noviembre de 2011

La Paz Interior - publicada el 13 de Noviembre de 2011

La paz interior

Hace algún tiempo, recibí un mail que contaba una historia que viene al caso del tema que hoy nos ocupa. Desafortunadamente, no tengo información de quién es el autor, por lo que no me es posible citar la fuente.
El premio del Rey

Había una vez un gran país donde vivía un rey que tenía fama de ser muy inteligente. Este rey, tenía especial debilidad por las pinturas, por lo que poseía en su castillo una vasta colección de las mismas. No obstante, había un gran hueco en su pared, que esperaba ser llenado por una pintura que fuera la representación perfecta de la paz. Es así, que se le ocurrió una idea formidable: lanzaría una convocatoria para invitar a los pintores del reino y sus alrededores a realizar esta obra. El ganador sería nombrado Conde y recibiría una sustanciosa cantidad de oro.

Emocionados, todos los artistas presentaron un desfile de bellísimas obras pictóricas que en su mayoría contenían paisajes, con puestas de sol, playas, atardeceres y apacibles montañas coronadas de nubes. Parecía que la decisión iba a ser muy difícil.
Los cuadros fueron colocados en caballetes en un gran salón, donde el rey se disponía a elegir el mejor. Con pasos calmos pero continuos, los brazos cruzados por detrás y su ceja izquierda levantada, inició la inspección de las obras de arte. Ninguna de ellas parecía llamarle la atención. Los súbditos se miraban unos a otros con la sorpresa dibujada en sus rostros. ¡Las pinturas eran la representación misma de la paz! ¿Por qué no le gustaban al rey?

Cuando ya casi se daba por vencido, una de las últimas obras de la improvisada galería llamó poderosamente su atención: Era un cuadro donde se había pintado una guerra encarnizada, caballeros muriendo y matando a diestra y siniestra, al fondo un castillo en llamas y el cielo teñido de rojo. Al centro de todo este panorama había un árbol muy frondoso y en una de sus ramas estaba un nido, donde una madre canario, alimentaba tranquilamente a sus polluelos con unos pequeños gusanitos que sostenía en su pico.
Sin pensarlo dos veces, el rey dijo: “¡Este cuadro es el ganador. Es la mejor representación de paz que he visto en mi vida!”. Cuando el consejero le preguntó por qué, el rey le respondió: “Paz no significa estar en un lugar donde no hay ruidos, ni dolor, ni problemas. Paz es estar en medio del caos pero con el corazón tranquilo y en equilibrio armónico con nuestra propia naturaleza.”

Esta alegoría presenta claramente como es vivir en un estado de paz verdadero. Tendemos a creer paz es la ausencia de conflictos, cuando en realidad se trata de aprender a mantener la serenidad, aún dentro del escenario más dificultoso. Este estado proviene del interior de nosotros mismos y no de las circunstancias que nos rodean.
Alcanzar esa paz, implica saber que los problemas, por más grandes que nos parezcan, existen sólo dentro de nuestra mente, porque así hemos decidido catalogarlos. No existe una sola situación adversa que haya ocurrido en nuestra vida, que no terminara redundando en un bien. Eso se aprecia fácilmente al voltear la cara al pasado y observar como todas las cosas que en su momento parecían tan negativas, dieron lugar a un “efecto dominó” que generó una cadena de sucesos, que eventualmente arrojaron un beneficio como consecuencia.

Tener paz interior es comprender que el lugar donde estás ahora mismo y las circunstancias que te rodean, aunque no parezcan las más deseables, forman parte de un orden a nivel cósmico,  y mantienen un equilibrio perfecto.
Cultiva el arte del silencio: regálate 5 minutos al día para sentarte en un lugar donde nadie te moleste y quédate en compañía de ti mismo, sólo escuchándote.

Sabrás que estás en paz, cuando aceptes tus circunstancias como lo que realmente son: lecciones que tu alma requiere aprender. Finalmente, la vida es una escuela y los problemas son los maestros que nos toman examen. Vive aprendiendo en paz.
¡Feliz fin de semana!

domingo, 6 de noviembre de 2011

El "mal genio" - publicado el 06 de noviembre de 2011

El “mal genio”

¿Qué es al mal genio? Todos nosotros, eventualmente nos enojamos, a veces con razón y otras ocasiones sin tenerla. Eso es un evento normal que forma parte de nuestra naturaleza humana. Lo malo, es cuando abusamos de esa condición y se vuelve parte de nuestra personalidad. Nos convertimos en personas “enojonas” y basta con que vuele una mosca para que nos sulfuremos. Eso nos convierte en indeseables, tanto para los demás, como para nosotros mismos. Eso es tener mal genio.
Esta respuesta emocional proviene del deseo de que el entorno y los demás sean más como nosotros y menos como lo que son. Nos convertimos en la regla con la que medimos al mundo y todo lo que se salga de nuestros prejuicios y expectativas, nos hace perder la calma y hacer erupción, transformándonos en auténticos monstruos.

Ignoramos la cantidad de perjuicios que esto nos trae, desde enfermedades de todo tipo, hasta el rechazo de las personas que nos rodean. Es probable que cuando éramos niños pequeños, hacer un berrinche nos valía para obtener lo que entonces queríamos, pero desafortunadamente al crecer, la misma reacción aprendida se sigue manifestando en todas las áreas de nuestro diario vivir, convirtiéndose en un estilo de vida.
La primera consideración que tenemos que hacer al respecto, es siempre tener presente el siguiente enunciado:

Toda acción de otra persona hacia mí, es su responsabilidad. La reacción que yo tenga ante su acción, es la mía.
Absolutamente nadie puede hacernos enojar sin nuestro consentimiento. Enojarse es una opción aprendida, no una consecuencia infranqueable. Siempre hay otras formas de reaccionar por las que podemos optar, sin embargo, al sentirnos atacados o afectados en nuestros intereses, el instinto animal nos pone en guardia y literalmente sacamos los dientes y uñas para repeler el ataque. Olvidamos fácilmente nuestra categoría de “animales racionales”. Es cierto que el ritmo vertiginoso de la vida actual no nos lleva, sino nos empuja y ello nos induce a convertirnos en un manojo de nervios. Y es precisamente el estar conscientes de esto, lo que nos invita a encontrar la paz interna que tanto necesitamos para poder navegar tranquilamente en aguas de ríos rápidos.

Es cierto que hay veces que es necesario “simular” estar enojados, por ejemplo delante de nuestros hijos cuando hacen travesuras, o delante de un alumno en clase que no pone atención, o con un trabajador que llega tarde, etc. Lo malo es sentir el enojo y dejar que éste dirija nuestros actos. Sin embargo, no debemos olvidar que siempre hay que ser duro con el problema y suave con la persona.
Ahora, en el aspecto espiritual del asunto, sabemos que todo aquello a lo que le damos nuestra atención, lo atraemos hacia nosotros y lo hacemos más fuerte. Siempre tenemos el poder de elegir si aplicamos nuestra energía hacia lo que queremos o hacia lo que no queremos. Si algo nos hace enojar por que no salió como lo esperábamos, lo mejor es aprender de aquello y concentrarnos en buscar otras alternativas para lograrlo.

Tenemos que considerar también que en realidad todos los acontecimientos de nuestra vida son neutrales por sí mismos, somos nosotros los que le damos una connotación negativa. Calificar algo como negativo es nuestra elección, por lo tanto, si estamos experimentando negatividad en nuestra existencia, es porque nosotros mismos elegimos etiquetarla de esa manera.
Hay que hacernos responsables de nuestras propias reacciones sin culpar a los demás por las mismas. Bajo ninguna circunstancia le otorguemos jamás a nadie el poder de controlar nuestro estado de ánimo, y siempre recordar que lo que sentimos es una reacción de lo que creemos.

“El que se enoja pierde” reza un refrán popular que tiene toda la razón del mundo. Permanecer en calma, aún ante el caos, nos da una perspectiva más clara de lo que tenemos que hacer en cualquier circunstancia. Si logramos encontrar la paz interior, ya no habrá nada que nos pueda hacer enojar, porque desde esa perspectiva llegamos a comprender que todos vamos en el mismo barco y no tiene caso desperdiciar nuestra energía en ello.
La semana entrante hablaremos sobre cómo conseguir la paz interna.

¡Feliz fin de semana!

domingo, 30 de octubre de 2011

La Muerte - Tu eterna compañera - publicada el 30 de octubre de 2011

La Muerte – Tu eterna compañera

Nuestra presencia en este plano se caracteriza por el cambio constante de circunstancias en todas las áreas de nuestra vida. Nada es para siempre y todo ser tiene un período de existencia limitado. Una de las artes obligadas que debemos aprender mientras dura el peregrinaje por nuestro período en este mundo, es a incluir la “buena incertidumbre” como parte de la filosofía de nuestra vida. Me refiero a que aprendamos a enfocar esa falta de certeza como algo positivo, haciendo del diario vivir, una aventura que merece ser experimentada.
Pero aún dentro de esas circunstancias tan variables por las que nos toca transitar, sólo hay una que es ineludible e implacable: la muerte. Sabemos de sobra que algún día nos visitará y que no podremos rehusar a su invitación. Nos asusta tanto la idea de la muerte, que por eso los panteones tienden a construirse en las afueras de la ciudad, para no pensar en ella. Nos gusta pensar que la muerte les sucede más a los viejos que a los jóvenes, pero eso es solo un paliativo mental para evitar tenerla presente.

Incluso hay personas que tienen tan encubierto el concepto, que se sorprenden cuando alguien acaba de morir, diciendo algo como: “Pero, ¿cómo que se murió?, si yo lo acababa de ver ayer”, como si eso fuera una especie de seguro de vida.
“Vive todos los días como si fuera el último, porque un día vas a tener razón” decía el genial Steve Jobs. La perspectiva de la muerte tiene como propósito el fomentar que tu vida sea más intensa y plena, al no conocer cuanto más durará. En una ocasión alguien me comentó que no le tenía miedo a la muerte y que no tendría problema si le sucediera hoy mismo. En principio, esa es una postura sana, sin embargo en aquel caso concreto, la carencia de miedo se debía a la falta de amor a la vida. Si amas la vida, comprendes que la muerte es una condición de la misma y por lo tanto la aceptas y la utilizas como incentivo para vivir cada vez mejor.

El miedo a la muerte se manifiesta por varias razones, entre las cuales están: el temor a lo desconocido, los apegos hacia personas o cosas a las que no quieres renunciar, las culpas, los remordimientos, el temor al dolor físico, etc. Nada de lo que experimentes en este plano es realmente tuyo, son solo herramientas del alma para aprender, que ciertamente vives en carne propia, pero una vez que te retiras, todo aquello se queda. No te aferres a nada y aprende a fluir con la vida.
Siempre hay que recordar que cuando llegamos a este plano, aunque podríamos haber estado rodeados de doctores,  lo hicimos solos y de la misma forma vamos a partir. La vida es tan breve que no vale la pena desperdiciarla en temores que nos inmovilicen.

Hoy en día existe un miedo arraigado en el inconsciente colectivo, que es el temor al “fin del mundo”. Tal vez por la cercanía al mítico 2012, tal vez por tantas películas y series de corte apocalíptico, se extiende cada vez más el miedo a las catástrofes naturales y cualquier otro evento de grandes magnitudes que se salga de nuestra capacidad de control o entendimiento. A esto le podemos aplicar la sencilla filosofía que tenía mi abuelo al respecto. Él decía: “El fin del mundo es cuando te mueres, no importa si lo haces en bola o tu sólo”. No hay razón para temerle a la muerte colectiva. La transición de la conciencia es en solitario.
Creemos que vamos a vivir tanto, que la muerte es algo tan lejano y ajeno que le sucede a todos los demás menos a nosotros mismos, o a nuestros seres queridos, que por eso hacemos planes a muy largo plazo, que dicho sea de paso, a veces no se concretan tal y como los habíamos imaginado. Basta con ver tu vida en retrospectiva y acordarte de todos los planes que habías hecho cuando tenías veinte años, ¿acaso se parece tu vida actual a lo que entonces imaginabas? Nunca es tarde, aprovecha que sigues vivo para realizarlos.

No olvides que esta existencia tiene una duración limitada y que la muerte siempre está sobre tus hombros, al acecho, esperando el momento en que seas llamado del escenario llamado vida, para conducirte al umbral del fin de tu plazo. Pero en lugar de temerle, agradécele su presencia porque gracias a ella siempre recordarás vivir plenamente y enamorado de la vida, mientras dure ese romance.
No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque no sabes si mañana mismo llegue la muerte a extenderte su mano.

 ¡Feliz fin de semana!

domingo, 23 de octubre de 2011

El Miedo a entregarse – Tercer miedo Universal - publicado el 23 de octubre de 2011

El Miedo a entregarse  – Tercer miedo Universal

Hoy concluimos el análisis de los tres miedos universales, le toca el turno tercero y final, al miedo a entregarse que es igual a la pérdida o ausencia de confianza. Este miedo se caracteriza por producir inmovilidad y no permitirme disfrutar de una relación con otra persona o conmigo mismo.
Existen dos formas de manifestarlo: Una, cuando por malas experiencias pasadas ya no quiero entregarme a nadie en una relación y lo hago con reservas, o de plano, fingiendo. Este es el “síndrome del corazón roto”. La otra es aquella donde le tengo tanto miedo al éxito que no me permito llevar a cabo lo necesario para alcanzarlo y me auto justifico de mil formas para boicotearme.

La gran mayoría de las canciones románticas hablan de corazones rotos y palabras más, palabras menos, se expresan en estos términos: “Tu eres la razón de mi existencia; eres el aire que respiro; sin ti no podré vivir jamás”, etc. La música es normalmente agradable pero las letras van creando un efecto hipnótico en nuestra conducta. Después de mucho escucharlas, comienzas a creer que la pareja tiene el control completo de tu felicidad, y que si decide no estar contigo, ya no tienes razones para vivir. Sea por causa de esto, o por lo que los medios de comunicación nos venden como relaciones “sanas” que casi siempre parecen más codependientes, que otra cosa, nos creamos un falso concepto de lo que debemos esperar y de cómo debemos actuar ante esa circunstancia.
El único resultado posible de otorgarle a la pareja el poder de controlar mi felicidad, es eventualmente, un corazón roto. De ahí nace ese miedo a entregarse, y es cuando nos decimos “Ya no me puedo arriesgar a que me rompan el corazón otra vez” y entramos a cualquier otra nueva relación con reservas y sin estar cien por ciento involucrados. En última instancia, es miedo de perder el control de la situación. Lo que no nos damos cuenta es que absolutamente nadie nos puede herir emocionalmente, sin nuestro consentimiento. Es cierto que pueden pasar cosas dolorosas, y el dolor es inevitable, sin embargo el sufrimiento es voluntario.

Así como hay gente que no quiere tener un perro por no sufrir el dolor de su eventual muerte, así hay personas que no se entregan por miedo a volver a sufrir un rompimiento. Terminan negándose una de las experiencias más hermosas a las que puede aspirar un ser humano en esta vida: amar y ser amado. Es cierto que el precio de una despedida es muy alto, pero bien vale la experiencia. Todo es aprendizaje para el alma. En este universo, nada permanece estático y todo cambia continuamente. Las relaciones humanas no son la excepción.
En el terreno del miedo a la entrega que tiene que ver con uno mismo, es cuando nos auto-saboteamos, sintiéndonos derrotados ante cualquier situación, sin buscar involucrarnos lo suficiente como para saber si el resultado era cierto o no. Esto ocurre porque nos damos a nosotros mismos con tantas reservas, que sabemos que no podremos  lograr el objetivo deseado. Aquí caben muy bien las “profecías auto-cumplidas”: me refiero a aquellos prejuicios que tenemos de antemano y que nos sirven para convencernos  que aquello no era posible de realizarse. Por ejemplo: “Ya sabía que la dieta no me iba a funcionar, si nunca he podido hacerlas”; “Yo no sé para qué me pongo a leer, nunca termino los libros que empiezo”,  “Todas mis relaciones terminan mal, claro, el amor no es para mí”, etc.

Para poder entregarme sin reservas, necesito permitirme contactar conmigo mismo aprendiendo a escuchar mi interior y todo lo que éste me quiere comunicar; mis anhelos, necesidades, sueños, miedos, etc. para así reconocer, vivir y experimentar mi ser de forma integral, incluyendo mi parte luminosa y mi parte oscura. La parte luminosa la constituyen todas mis virtudes y atributos, a diferencia de la parte oscura, que es todo aquello que me asusta de mí mismo y que no me gusta porque lo percibo como erróneo y malo.
Necesito reconocerme y aceptarme tal como soy, sin juzgarme, y para poder hacerlo requiero tener muy claro el concepto que tengo de mí mismo, con todo lo que considero son mis potenciales y limitaciones para amarme de forma incondicional y así poder amar a quien yo elija sin sentir el miedo a entregarme.

No hay caso en cerrar el corazón para evitar que sea lastimado, eventualmente, eso es aún peor que correr el riesgo. El corazón necesita compartir amor para funcionar adecuadamente. Sólo déjalo en libertad para que pueda lograr su fin más alto, que es amar incondicionalmente.
¡Feliz fin de semana!

domingo, 16 de octubre de 2011

El Miedo a no sentirse digno – Segundo miedo Universal - publicado el 16 de octubre de 2011

El Miedo a no sentirse digno  – Segundo miedo Universal

Continuamos con el análisis de los tres miedos universales que comenzamos la semana pasada. Ahora le toca el turno al segundo miedo universal: El miedo a no sentirse suficientemente bueno o a no sentirse digno.
Aquí hablamos de aquel miedo que nos lleva a poner siempre a los demás por delante y por encima de nosotros mismos, convirtiéndonos en seres con una sed de aceptación enfermiza y con un deseo obseso de agradar a los demás aunque esa actitud nos conduzca a hacer y soportar cosas que no nos gustan. Terminamos transformándonos en individuos condescendientes. Otra variante del mismo es cuando me inmoviliza a actuar, presuponiendo que los resultados serán adversos, así que mejor ni lo intento. Este miedo puede aparecer en todos los ámbitos de nuestra vida, sin excepción.

Las manifestaciones de este omnipresente miedo son tan variadas como la imaginación alcance. He aquí algunos ejemplos: ¿Cuántas personas viven tratando de adelgazar o de conservar la línea a costa de sacrificios, sólo para sentirse bonitas y deseadas? ¿Cuántas lo hacen realmente por mantenerse sanas y sentirse fuertes? Conocí el caso de una chica de 14 años que estaba muriendo de anorexia. Platiqué un rato con ella y cuando le pregunté porque creía  que le estaba pasando eso, su respuesta fue: “Es que si no estoy flaca los muchachos no se fijan en mí”. Su miedo a no ser digna del cariño de una pareja, le llevó al extremo de poner en juego su vida con tal de agradar. Ese era su paradigma, sin duda influenciado por las imágenes de “perfección” inculcadas por la televisión y el cine.
También están aquellos que se compran el automóvil más caro o la casa más ostentosa a la que pueden aspirar, no porque los transporte mejor el primero, o vivan mejor en la segunda, sino que necesitan sentirse aceptados por su círculo social, familiar y laboral. Y no es que esté en contra de conducir un buen auto o vivir en una buena casa, lo malo es llevarlo a cabo con el objeto de ser bien visto y reconocido por los demás, disfrazándolo con miles de auto justificaciones. El lujo demuestra pobreza de espíritu, la calidad es otra cosa muy diferente.

Hay personas que incluso generan enfermedades causadas por su propia mente con tal de ser compadecidas y aceptadas por los que están en su entorno. Tuve un amigo que generó un padecimiento que le obligaba a moverse con dificultad. En una ocasión que lo invité a cenar, estuvo a punto de caerse de bruces al tratar de sentarse solo. Inmediatamente varias personas lo ayudamos para acomodarlo en la silla. Ya estando instalado me dijo: “Mira lo que son las cosas, así si me quieren”.
Hay quienes incluso adoptan formas de hablar, modas  y costumbres no propias sino características del grupo social al que desean a toda costa pertenecer o no sentirse rechazadas. Valga como ejemplo la horrenda costumbre adoptada recientemente por las mujeres de decirse “guey”, siendo ésta una palabra de género evidentemente masculino.

En todos los casos donde este miedo se presenta, la causa es siempre recurrente: La falta de amor a ti mismo. Te sientes tan poca cosa, que crees que tienes que compensarlo con actitudes que no son auténticas, con cosas que no necesitas y hasta con auto justificaciones de porque las cosas nunca te salen como las quisieras.
Si aprendes a amarte a ti mismo, encontrarás que el miedo a no sentirte digno se disuelve, dejando en su lugar al orgullo de ser auténtico. Decía San Agustín “Ama y haz lo que quieras”. Lo podríamos transformar en “Amate y sé lo que quieras”. Cuando te amas, vibras en una frecuencia tan alta que lo único posible que puedes atraer a tu vida, son aún más razones para amarte y ser amado por otros.

Paradójicamente, cuando te dedicas a tratar de agradar a los demás para sentirte digno de su cariño, es cuando menos lo obtienes (cuando menos de forma sincera).No procures la aceptación de los demás como último fin, al amarte a ti mismo por sobre todas las cosas, la conseguirás como un beneficio adicional sin necesidad de buscarla. Nadie puede aceptarte si no te aceptas primero a ti mismo.
Nunca dejes de intentar aquello que quieras lograr, no te des por vencido sin siquiera darte la oportunidad de probar. El aprendizaje que trasciende, surge como resultado de recorrer el camino, sin importar si consigues o no tus objetivos. Después de todo, la experiencia es aquello que obtienes  cuando no alcanzas lo que quieres.

Analiza que es lo que realmente se esconde atrás de tu miedo a no ser digno, cuál es tu deseo enmascarado que te mantiene adherido a ese sentimiento.
Amate y siempre serás suficientemente bueno para ti y para cualquier otra persona que se  te acerque.

¡Feliz fin de semana!