Este sitio te permitirá acceder a los artículos de Rigo Vargas publicados en el periódico "El Sol de León", en la columna del mismo título

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Los Saltos de Fe" - publicado el 18 de noviembre de 2012



Los saltos de fe

“Al llegar a la punta de un mástil, la única opción que queda es dar un paso hacia el vacío”
                                                                                                          Alejandro Jodorowsky

Hace tiempo, vi una película protagonizada por Keanu Reeves y Patrick Swayze llamada “Punto de Quiebre” (Point Break), en donde hay una escena que me impactó: Los chicos malos de la historia, llevan secuestrado al héroe en una avioneta robada. Llegado a un punto, todos ellos saltan dejando a Keanu solo y sin paracaídas en el avión que ya iba en picada. Él no tiene otra alternativa que saltar al vacío, sin la menor idea de qué le va a ocurrir. Al ir cayendo como peso muerto, eso le permite alcanzar a uno de los villanos y se agarra fuertemente a su cintura. Forcejeo mediante, el paracaídas del malo se abre y  eso es lo que salva a ambos de una muerte segura.

En la vida hay muchas veces que nos pasa lo mismo, nos tenemos que “aventar sin paracaídas” sin saber que va a ocurrir después. Nos enfrentamos a situaciones que nos obligan a tomar medidas tan audaces y temerarias que un tercero creería que nos volvimos locos. Eso es un salto de fe. En este caso, la fe se refiere a que lo único que tenemos que tener bien claro, es saber a dónde queremos llegar, sin tener la menor idea de cómo lo vamos a lograr. Lo que sí es seguro es que algo tendremos que hacer, si no queremos acabar embarrados en el piso.

Tal como al personaje de la película, uno de los riesgos que presentan estos saltos, es que la desesperación nos puede orillar a agarrarnos de las personas equivocadas, y darnos cuenta muy tarde que ellos también van cayendo en picada sin paracaídas, lo que propicia que la caída de ambos sea más rápida.

Nuestro ego tiene pánico de los saltos de fe, porque no puede predecir con certeza qué es lo que pasa a continuación y sólo teme lo peor. Hemos aprendido que la incertidumbre es mala y que siempre debemos tomar los caminos que parezcan seguros, rectos y tranquilos. No obstante, eso nos lleva a permanecer eternamente en las zonas de confort, de las que hablábamos la semana pasada. 

Ir en pos de nuestros sueños, implica arriesgarse y en más de una ocasión, tenemos que jugarnos el todo por el todo si de verdad queremos alcanzarlos. No es fácil hacerlo, sin embargo, el universo premia a quien no cesa de dirigirse hacia lo que quiere. Nunca estaremos exentos de fallas, pero esos actos son los que nos permitirán lograr cosas impensables para quien no se atreve a realizarlos.

Existen dos tipos de saltos de fe: los que voluntariamente eliges, preparas y más o menos calculas el riesgo, y los que la vida te coloca enfrente y no te queda más remedio que efectuarlos. Los primeros son fruto de crear un caos voluntariamente generado por nosotros mismos, que pasando de determinado punto, ya no controlamos. De alguna manera, las cosas se empiezan a acomodar mágicamente para beneficiarnos. Es como se ubica en la frase popular que dice que hay que “Quemar las naves” (histórica decisión de Hernán Cortés), aludiendo a que una vez que llegamos a tierra firme, eliminamos la única vía de regreso y de esa forma nos entregamos a los misteriosos brazos de la incertidumbre.  Muy diferente sería entrar voluntariamente a un caos externo que no propiciamos. Los resultados ahí serían totalmente ambiguos, porque no hay un propósito personal de por medio.

Y luego están los saltos de fe obligatorios, de los que no tienes escapatoria y los tienes que hacer, quieras o no. De alguna manera, la vida te empuja a realizarlos sin importar tu consentimiento. Estos últimos son los que te obligan a aprender a confiar más en ti mismo que en las  circunstancias, forjan tu carácter y te dan la fortaleza que ni siquiera sospechabas que residía dentro de ti. La dócil oveja se convierte en león súbitamente.

Cuando la vida te coloque ante la disyuntiva de efectuar o no un salto de fe, tienes que recordar que es uno de los atajos más cortos para abandonar una zona de confort, y aunque aquel movimiento te lleve a lugares insospechados, muy probablemente sea tu propia esencia quien provocó la necesidad que te arrojes del avión sin paracaídas, para propiciar que aprendas algo que seguramente será un parte-aguas en la historia de tu crecimiento personal.

¡Que tu fin de semana sea excelente!

domingo, 11 de noviembre de 2012

Tu zona de “confort-mismo”, publicada el 11 de noviembre de 2012

Tu zona de “confort-mismo”

Durante la gestación en el vientre materno, experimentamos la primera zona de confort de nuestra existencia. Ahí no nos preocupa absolutamente nada, ni siquiera comer, ya que esto sucede a través del cordón umbilical. No nos afecta nada, salvo lo que nuestra madre experimente. Estamos protegidos, cómodos, amados y muy bien atendidos, aunque aún no seamos conscientes de todo eso.

Pero eventualmente llega el momento en que tenemos que continuar nuestro proceso evolutivo y debemos nacer. Somos arrancados brutalmente de ese cálido lugar donde no teníamos la necesidad ni de respirar oxígeno y de pronto es lo primero que tenemos que hacer, si no, moriríamos asfixiados. Sentimos frío y hambre. Todo ese proceso es necesario para comenzar a vivir en este mundo. Es la cuota que pagamos por llegar aquí. 

Salir de esa primera zona de confort implica tanto dolor, que lo primero que hacemos es llorar. Experimentamos un sentimiento de separación que más tarde en la vida vuelve a aparecer, trayendo consigo ese recuerdo inconsciente de la primer pérdida que implicó comenzar a vivir: la separación física del vientre materno.

En ese momento, no tenemos la opción de continuar en el vientre o salir al exterior. Si el feto tuviera la capacidad de elegir, seguramente preferiría quedarse adentro con todo su universo resuelto. Pero la vida tiene que continuar y él ahora empezará a crecer sí o sí. 

Más tarde, el patrón vuelve a presentarse, pero ahora sí hay libre albedrío para elegir si me quedo en donde estoy a gusto, o decido armarme de valor y empiezo a caminar hacia donde tengo que hacerlo. Es por ello que salir de cualquier zona de confort implica volver a experimentar un dolor parecido al del nacimiento. Se necesitan voluntad y agallas para dejar de ser el feto eterno que todo lo tiene solucionado.

Pero es precisamente eso lo que nos hace merecedores o no de alcanzar nuestros sueños, salir de las zonas de confort que nos hemos creado, que no son más que una forma de enamorarse de las rutinas, por el miedo a evolucionar, a ser más. Si no hacemos nada al respecto, se convierten en zonas de “confor-mismo”, esto es, nos “con-forma-mos” con la misma forma, tal como la palabra lo advierte, sin intentar ni siquiera saber si puede ser modificada. Es lo que la sabiduría popular ubica como “Dormirse en sus laureles”, tal cual.

Detrás de esta actitud negativa, está oculto uno de los miedos más arraigados que aparecen en nuestras vidas: el miedo a crecer. Este miedo es una proyección del miedo a la muerte, porque el inconsciente sabe que mientras más crezco, más cerca estoy de que termine mi periodo de existencia en este plano. 

Y no es que sea negativo sentir la alegría de un logro en la vida, lo malo es quedarse eternamente ahí sin seguir caminando. Tenemos que darnos cuenta que subir un escalón no nos ha llevado a la cima, es apenas una pequeña parte del camino, y la escalera es infinita, cuando menos desde nuestra perspectiva humana. El verdadero logro es no detenerse y seguir ascendiendo.

La vida es dinámica y cambia constantemente de dirección, por lo que a nosotros nos corresponde encontrar hacia dónde se mueve el viento y la corriente para dirigir nuestro velero al destino que queremos. 

Si aprendemos a movernos al mismo ritmo cambiante de las circunstancias y las aprovechamos en nuestro beneficio, obtendremos como resultado que jamás nos quedaremos atrapados en cualquier zona de confort que se nos presente, porque habremos descubierto que cumplir nuestros sueños implica no quedarnos donde estamos cómodos, sino donde somos cada vez mejores personas, aunque tengamos que pagar un pequeño precio de incomodidad e incertidumbre, que bien vale la pena.

¡Que tengas un maravilloso fin de semana!

domingo, 4 de noviembre de 2012

"No me platiques más", publicado el 04 de Noviembre de 2012

No me platiques más

Hablar de celos en una relación de pareja, es referirnos a ese sentimiento de inseguridad que no nos permite disfrutar de ella, debido a que, con o sin fundamento, buscamos elementos que nos sirvan de “pruebas” para lograr convencernos de que la infidelidad puede existir en potencia o en efecto.  En cualquiera de ambos casos, el móvil que rige mi actitud es la desconfianza.
Básicamente, los celos son una manifestación de inseguridad, que polarizan mi visión de las circunstancias, para hacerlas coincidir con todas aquellas presuposiciones sobre mi pareja que me “demuestran” que estoy siendo traicionado por ella. Todo me hace suponer que su atención está enfocada mucho más hacia otras personas o circunstancias que hacia mí. Cuando los celos no son bloqueados a tiempo, pueden llegar a convertirse en un estado obsesivo y enfermizo, que devora por dentro a aquél que les permite que controlen sus actos.

Los celos están ligados a la idea de posesión, que se muestra claramente en el uso del lenguaje cuando nos referimos a la pareja: “MI esposo”, “MI novia”, “MI pareja”, etc. Y la idea de posesión está fundamentada en el primer miedo universal, que es el miedo al abandono, tal como ya lo habíamos tratado en el artículo del mismo nombre. O sea, tengo necesidad de poseer a la persona, porque si no lo hago, seguro que me abandonará para irse con alguien más y acabaré quedándome sólo como siempre.
También hay celos que se ubican fuera del tiempo de la relación actual, desplazándolos hacia el pasado y el futuro. Existe un antiguo bolero, que Vicente Garrido escribió en 1954 el cual fue posteriormente popularizado por Luis Miguel, “No me platiques más”,  que es un verdadero himno a los celos. Al estar acompañado de una muy bella melodía, la letra presenta un riesgo para la psique, que a fuerza de cantarlo repetidamente, se va adhiriendo al subconsciente generando una respuesta automática errónea, que incluso llega a considerarse una expresión de ternura: “Si tanto me cela, es que tanto me ama”. Estas son algunas estrofas del mismo:

            …Te quiero tanto que me encelo,  hasta de lo que pudo ser, y me figuro que por eso, es que yo vivo tan intranquilo…
            …Sé que has tenido horas felices, aún sin estar conmigo…

            …No me platiques ya, déjame imaginar, que no existe el pasado y que nacimos, el mismo instante, en que nos conocimos…
No obstante la sabiduría popular nos advierte que basta con cambiar el enfoque de esa postura, para entender que todo aquello es cuestión sólo de percepción: “Lo que no fue en mi año, no fue en mi daño”.

Los celos, tal como lo señalamos al principio, son un “sentí-miento”,  “siento  y miento”, esto es, me miento a mí mismo con lo que siento y actúo en consecuencia. Me convenzo tan fuertemente de que lo que presupongo es real, que llega un momento en que no me cabe ni la menor duda que mis sospechas son ciertas y doy por hecho mi drama mental.
También hay que considerar, que todo aquello que vivimos afuera, es un reflejo de lo que llevamos dentro.  La desconfianza hacia los otros es evidencia de la desconfianza hacia mí mismo. Si ni siquiera soy capaz de confiar en mí, es imposible que pueda confiar en alguien más. En última instancia, no puedo dar lo que no tengo.
Si todavía crees que los celos son una expresión tierna de amor, sería bueno que te cuestiones que tan conveniente puede ser cualquier relación, donde consideras a la desconfianza como factor de prueba del cariño de alguien hacia ti.

¡Que tengas un feliz fin de semana!

domingo, 28 de octubre de 2012

"Cuando la incertidumbre se hace presente", publicado el 28 de octubre de 2012



Cuando la incertidumbre se hace presente

En no pocas ocasiones, nos toca vivir situaciones donde la incertidumbre se vuelve un compañero constante y la falta de certeza del resultado de aquello que estamos experimentando, parece un zopilote volando sobre nuestras cabezas, lejano pero acechante. Ignoramos cuándo nos atacará, pero su presencia nos impide vivir en paz el presente.

La incertidumbre, no es más que el miedo generado por experiencias pasadas, al enfrentar un hecho presente, que puede ser causado tanto por algo ya antes experimentado o por estar frente a lo desconocido. La mente requiere certezas para poder sentirse segura. No obstante, los grandes logros en la historia de la humanidad se han llevado a cabo, precisamente pisando terreno inseguro, arriesgándose y entregándose de lleno a la consecución de un resultado deseado. 

Cuando la mente no alcanza a vislumbrar claramente todo el camino, los miedos se hacen presentes, tratando de frenarnos y si no los bloqueamos a tiempo, seguramente terminan ganándonos la partida, regresándonos a nuestra zona de confort como resultado. Cuando los miedos nos han hecho desistir de la realización de nuestros sueños, se erigen victoriosos regodeándose en las profecías autocumplidas, de las que ya habíamos hablado en el artículo de “Sentencia Previa”.

El hecho de no poder ver claramente el sendero no debe ser motivo para desistir, tal como nos ocurre cuando vamos manejando en la carretera de noche con un destino determinado: el camino no es visible más allá de veinte metros, sin embargo no por eso dejamos de dirigirnos hacia donde nos proponemos llegar.

Cuando la mente subconsciente toma el control de la situación, y se vale del recuerdo de un evento pasado de resultados adversos, para frenarnos en el presente, le llama “experiencia” para justificar el miedo a no avanzar. La “Ex–Periencia”, tal como la palabra señala, es algo que ocurre afuera de nosotros, algo EX-terno, que determina nuestra percepción interna. Esta postura, nos ubica como víctimas de las circunstancias, olvidando “cómoda-mente” (dónde la mente se siente cómoda) el poder personal que tenemos, para convertirnos en arquitectos de nuestro propio destino.

La experiencia como tal, debe servir para construirnos, no para frenarnos o hacernos desistir de nuestros sueños. Tal es el caso de un examen escolar reprobado. Si le hiciéramos caso a la “experiencia”, tal como lo hacemos en otras áreas de la vida, nunca más trataríamos de presentar el examen extraordinario y abandonaríamos la escuela como consecuencia de ello.

Si Tomás Alva Edison, hubiera desistido de su afán de crear el primer foco eléctrico, la humanidad nunca se habría visto beneficiada de tan maravilloso invento. Al señor Edison le llevó más de mil intentos lograrlo, pero antes de eso, concedió una entrevista donde le preguntaron si no se sentía mal por el resultado fallido que hasta entonces había obtenido, cuando iba en el intento número 999. Su respuesta fue contundente: “Ahora sé 999 formas de NO hacer un foco eléctrico”.

Cualquier cosa valiosa que llega a nuestra vida, siempre viene acompañada de varias fuerzas que ofrecen resistencia en contra. La incertidumbre es una de ellas. En orden de poder derrotar su mala influencia sobre nosotros, basta con recordar un antiguo slogan comercial de una conocida marca de vinos: “Si las cosas que valen la pena fueran fáciles, cualquiera las haría”.

El antídoto para vencer la incertidumbre es la certeza. La “Cer-teza” viene del “ser”, del punto de partida que genera todo lo que me rodea, por lo que la “In-Cer-tidumbre” es la negación del “ser”. Si mi “ser” está bien alineado con lo que quiero lograr, mis pensamientos, palabras y actuación estarán acordes con su realización. 

Todo aquello que a ti te causa zozobra, no ha sido motivo suficiente para detener a otros.  La decisión final es tu responsabilidad, tú decides si prefieres ponerte en sintonía vibratoria con la incertidumbre o con la certeza, después de todo, es tu vida y tus sueños lo que está en juego.

¡Que tengas el mejor de los fines de semana!

domingo, 21 de octubre de 2012

"Las 5 reglas de la felicidad", publicado el 21 de Octubre de 2012



Las 5 reglas de la felicidad

“Respétate a ti mismo lo suficiente, para alejarte de cualquier cosa que ya no te sirva, no te haga crecer, o no te haga feliz”
                                                           Anónimo

 Se ha hablado tanto de la felicidad, que pareciera que no hay nada más que agregar. Para ilustrar un poco el concepto, es más fácil hablar de aquello que la propicia, que de ella en sí misma. Podríamos apuntar, que aunque es el sueño de todo ser humano alcanzarla, su existencia es tan abstracta y elusiva, que cuando se le persigue se escapa, como el gato que se persigue su cola. Finalmente la felicidad es un estado voluntario del ser, que se manifiesta en pensamientos, palabras y obras, en ese orden.

De acuerdo al escritor Burt Goldman, existen cinco reglas que nos ponen en camino a lograrla y bastará con implicarnos en ellas, para poder aplicarlas en la vida diaria. Son muy sencillas y hasta obvias, pero son precisamente esas características las que nos impiden verlas. Tal como reza el pensamiento anónimo: “El sentido común, es el menos común de los sentidos”. En seguida las analizaremos para lograr una comprensión  profunda de las mismas.

PRIMERA REGLA: Si te gusta, disfrútalo.  -  Este postulado parecería que ni siquiera hay necesidad de escribirlo. Tu me dirás: “Por supuesto que si algo me gusta, lo disfruto, de otra forma, no me gustaría”. Ojalá fuera así, porque resulta que en la mayoría de los casos, cuando verdaderamente nos gusta algo, aparecen dos factores que nos impiden disfrutarlo: la culpabilidad y la evasión. Por ejemplo, se te antoja una esponjada dona con cobertura de chocolate, te la compras y cuando te la estás comiendo, aparece la culpabilidad por las calorías que acabas de ingerir. Otro ejemplo: estás en el cine, viendo una buena película y tu mente empieza a pre-ocuparte por tu automóvil, por los pagos que tienes que hacer mañana, etc. En otras palabras, te evades del presente y lo que debería ser disfrute, se convierte en pre-ocupación.

SEGUNDA REGLA: Si no te gusta, evítalo. – En este punto, se trata de que seamos honestos con nosotros mismos y no hagamos aquello que no nos gusta. En incontables ocasiones, hacemos cosas que no queremos, con tal de quedar bien con los demás, olvidándonos de nuestros propios intereses. Retirarnos de aquello que no nos gusta, nos hace congruentes con lo que verdaderamente queremos. Debemos recordar que para que tengamos cabida a lo que nos gusta, es menester que nos retiremos de lo que no.

TERCERA REGLA: Si no te gusta y no puedes evitarlo, cámbialo. – Habrá ocasiones que sea inevitable encontrar en el camino, aquello que no nos gusta, y es ahí cuando debemos  entrar en acción para cambiarlo por algo que sí. En muchos casos, las cosas se pueden modificar de forma que nos agraden. Dependerá de nuestra disposición a realizar el cambio.

CUARTA REGLA: Si no te gusta, no puedes evitarlo y no puedes cambiarlo, ACËPTALO. – Este tal vez sea la regla más determinante de las cinco. Aprender a aceptar una condición no-modificable, es en muchos casos, una lección de vida. Aceptar no es rendirse, sino comprender que hay cosas que nos sirven para crecer, por el mero hecho de no poder cambiarlas.  Saber que no tenemos el control de todo lo que pasa en nuestra vida, nos hace más humildes, más humanos, y sin la menor duda, nos ennoblece. 

QUINTA REGLA: Para aceptar una situación que no puedes evitar ni cambiar, lo único que tienes que hacer es cambiar tu actitud hacia ella. –  Aunque parece una tarea casi imposible, cambiar la actitud hacia cualquier situación, resulta fácil cuando aprendes como hacerlo. Lo único que tienes que hacer para lograrlo, es ignorar tus expectativas. Cuando algo no te gusta, es por que se presenta diferente de lo que tú esperabas de aquello. Aun lo que podrías catalogar como “malo”, te ayuda a enderezar tu camino hacia donde debes dirigirte, de acuerdo a tus sueños. Si ahora piensas en todo lo “malo” que te ha ocurrido en tu historia personal, te darás cuenta que aquello te llevó a cambiar tu rumbo y terminó trayéndote consecuencias “buenas” para ti. Después de todo, “No hay mal que por bien no venga”.

 La próxima vez que enfrentes algo que identifiques como “problema”, te sería muy útil recordar todo esto.

¡Que tengas un muy feliz fin de semana!

domingo, 14 de octubre de 2012

"El misterioso tercero en discordia", publicado el 14 de octubre de 2012



El misterioso tercero en discordia

¿Alguna vez te ha ocurrido que cuando tienes una relación estable, ya sea de amistad, laboral, sentimental, o de cualquier tipo, de repente algo pasa y la otra parte cambia radicalmente su comportamiento hacia ti? Sin duda alguna existe una tercera persona, que desde la sombras, cambia la perspectiva de tu contraparte, sembrándole ideas que acepta como verdaderas y que le motivan a cambiar su actitud frente a la relación.

Nuestra naturaleza humana, que nos dirige a creer que las penas compartidas pesan la mitad, es la causante de que cuando estamos frente a una situación que identificamos como “problema”, se la contemos a alguien que consideramos de toda nuestra confianza, buscando apoyo y comprensión. Sin embargo, esta actitud revela que en el fondo, somos tan inseguros de nosotros mismos, que necesitamos la aprobación de los demás para seguir nuestro camino.

Esta alternativa, desplaza nuestro propio poder, para ubicarlo en terceras personas, que tal vez muy desinteresadamente o no, se convierten en los titiriteros que mueven nuestros hilos ocultos, y que al conocernos bien, saben que fibras tocar, para producir un resultado determinado. 

Y no es que sea contraproducente compartir mis penas con gente de confianza, lo que no es sano, es dejarme manejar ciegamente por sus consejos, que vertidos desde un punto de vista externo, no consideran todos aquellos factores, motivaciones y sentimientos que forman parte de mí y que en última instancia se convierten en determinantes para mi propia vida. Lo que es bueno para ellos, puede resultar malo para mí.

Los consejos de terceros sobre nuestros propios asuntos, suelen estar basados en un esquema lógico, basado en su propia experiencia, que nos convence de su veracidad y que al encontrarnos con la guardia baja, aceptamos sin chistar. Lo que pasamos por alto, es que no siempre lo lógico es verdadero. La lógica se conoce con la mente y la verdad se conoce con el corazón. Tal vez por eso sea que le llamamos “tercero en discordia”, por que “dis” niega a “cordia”, o sea, sin corazón.

Incluso llegamos a decir: “Estoy muy agradecido con fulanito por haberme abierto los ojos”, cuando lo que fulanito hizo, no fue más que hacerme ver las cosas desde su perspectiva. Si lo que fulanito me dijo me con-vence, tengo que recordar que la aplicación de sus consejos en mi vida es responsabilidad absolutamente mía, y que si por alguna razón, las cosas me salen mal por haberle hecho caso, no tengo luego ningún derecho de ir a reclamarle por aconsejarme mal. Después de todo, fui yo quien lo aceptó y lo llevó a la práctica.

Es muy fácil opinar y aconsejar cuando no se está viviendo la situación personalmente. Tal como el refrán popular lo ubica: “Qué bonito es ver los toros desde la barrera”. También recuerdo la atinada definición que el genial Rius hacía de los críticos: “Crítico es aquel que lo sabe todo sobre la teoría del equilibrio, pero es incapaz de andar en bicicleta”.

Esto nos lleva al siguiente punto: Si yo le miro la vida a aquel que me aconseja, ¿lo considero un virtuoso sobre lo que me está aconsejando? ¿Es su forma de vivir un ejemplo para mí? En muchísimas ocasiones, acabamos pidiendo consejos para hacer dinero al que está en la carencia, o guía emocional al que sus relaciones personales están por los suelos.

Y luego está la otra parte, cuando yo me convierto en el consejero: “Pues mira, si yo estuviera en esa situación, lo que haría es….”. Cuando estemos ante esa tentación,  por que alguien nos lo pide, hay que recordarle que le ofrecemos opiniones, nunca consejos, y que él decidirá que le sirve y que no, de los mismos. 

De ninguna forma es sano resolverle los problemas a otro (situación en la que muy comúnmente caen los padres de familia), porque cualquier eventualidad que enfrenten los forma y les dá fuerza. Finalmente los problemas son maestros presentes que tienen lecciones ocultas que ofrecerles. 

Es menester aprender a resolver los problemas por nosotros mismos, para poder graduarnos en nuestra propia vida. No permitamos que un tercero en discordia lo haga desde las sombras, ni caigamos en la trampa de convertirnos en uno.

¡Que tengas un extraordinario fin de semana!

domingo, 7 de octubre de 2012

El difícil arte de aprender a decir “NO” - publicado el 07 de Octubre de 2012

El difícil arte de aprender a decir “NO”


Es de lo más común, encontrarnos con situaciones ante las que es mucho más fácil resolverlas con un rápido y aparentemente inocuo “Si”, que optar por ser congruentes con lo que en el interior nos dicta que es indudablemente un “No”. Y tal como la frase inicial nos advierte, optar por esa alternativa, es un mecanismo para “encontrarnos” reflejados a nosotros mismos, en esas acciones automáticas.

Nos encontrarnos con la incongruencia interna, que reflejada afuera, se convierte en una palabra o una promesa que nunca vamos a cumplir, porque esa era la idea que inicialmente enmascaramos con el inocente “Si”. Desafortunadamente, el hecho de optar por esta opción, produce un efecto contraproducente en los que me rodean. Si les otorgo no-sinceridad, obtengo un comportamiento de desconfianza, de no-confianza, o sea, “sin fianza” que avale mi palabra, por lo que su valor se deprecia hasta casi desaparecer.

Esta ligereza que aparece al no cumplir con la palabra dada, es causada, entre otras cosas, por nuestro sistema legal, donde todo es escrito y la palabra pierde su peso como sustento de lo pactado. “Papelito habla”, esgrimimos como argumento para desmerecer lo que tendría que tener más valor y es todo lo contrario.

No hace mucho, me tocó escuchar una discusión donde a alguien le reclamaban la falta de congruencia entre sus actos y su palabra, con la siguiente frase: “Tú no tienes palabra”. Para mi sorpresa el interpelado le contestó: “las palabras se las lleva el viento, ¿dónde tienes un papel firmado por mí?”

Y es que, precisamente, algo que se habría solucionado con un “No” a tiempo, se convirtió en un “Sí” con efecto de bola de nieve, que a medida que avanza se va convirtiendo en arrolladoramente difícil de controlar, hasta llegar al punto en que desemboca en un problema mucho más grande.

Una de las formas más comunes de usar esta errónea opción, es para salir rápidamente de un compromiso o situación a la que sería más fácil negarse desde un principio. Hacer esto genera, precisamente “salir” de aquello, sacar mi presencia en eso,  separándome con un “Si” de por medio.

En última instancia, este comportamiento se sustenta en la apreciación errónea de que mentir no trae consecuencias y al fin y al cabo son “mentirillas piadosas”, como si fuera por piedad que nos permitimos mentir. No hay piedad en la mentira, sólo consecuencias adversas. “Men-tir” es una manifestación oscura de la “men-te”, que le cuesta admitir la verdad por temor a no poder lidiar con los resultados que se obtendrían siendo honestos.

Cuando incurro en esta falla, estoy tratando de “tapar el sol con un dedo”, porque no me permito exponer mi verdadera postura y mi reacción al negarla, en última instancia, me niega a mi mismo.

Cuando decimos “No”, tememos mostrarnos como personas desagradables y eso nos orilla a ser autocomplacientes con los demás, diciendo siempre “Si”. Existe un pequeño factor que agregado a la negación, permite que sea más amable la respuesta. “No, GRACIAS”, o “No PUEDO”. Y si a eso se le agrega una sonrisa, el efecto será completamente benigno para ambas partes.

Y no se trata de negarse a todo ni tampoco de aceptar cualquier cosa, se trata de ser congruentes con lo que realmente queremos hacer y expresarlo de manera natural, de tal forma que nos convirtamos en personas confiables y honestas que damos el justo valor a la palabra.

De hoy en adelante, cuando te veas tentado a decir “Si”,  pero en tu interior ruge un categórico “No”, permítele expresarse y extérnalo sin miedo, tomando en cuenta lo que te gustaría que te dijeran a ti si la situación fuera al contrario. 

¡Que tengas un feliz fin de semana!