Este sitio te permitirá acceder a los artículos de Rigo Vargas publicados en el periódico "El Sol de León", en la columna del mismo título

domingo, 3 de febrero de 2013

"Los Dramas de Control", publicado el 03 de Febrero de 2013



Los dramas de control

En lo más profundo de las relaciones que mantenemos con los demás, siempre subsiste  un secreto juego de poder. Quién manipula a quién, quién siempre se sale con la suya, y quién es el que siempre acaba cediendo el control al más dominante, resultan efectos comunes que se observan todos los días y en todos los ámbitos. No hay placer más grande para el ego, que saberse por encima de las situaciones, moviendo los hilos del prójimo, sin que éste se dé cuenta de ello. Y tanto es así que se puede convertir en una adicción.

Este conocimiento fue divulgado masivamente, gracias al autor James Redfield, quien los importó del terreno de la sicología, para incluirlos en su novela iniciática, conocida como  “La novena revelación” o “la profecía Celestina”.

Los dramas de control son los mecanismos que usados de forma consciente o no, se utilizan para lograr que una situación particular de convivencia diaria, se polarice a favor de quien los actúa. Estos comportamientos se generan en la infancia, cuando el niño quiere llamar la atención de sus mayores y no lo consigue. Los aplica uno por uno, hasta que uno de ellos le funciona y se convierte más tarde, en su rango distintivo de comportamiento ante las situaciones que lo incomodan.

Es conveniente tener en cuenta estas respuestas automáticas, porque al traerlas al terreno de la conciencia, las podemos evitar para no dejar que se conviertan en el titiritero oculto que se esconde tras el razonamiento (razono y miento) que señala: “yo siempre he sido así y no puedo ser de otra manera”.

Existen dos formas de dramas de control, los activos y los pasivos. Los activos arrebatan la atención de los demás forzándolos enérgicamente a hacerlo. Por el contrario, los pasivos la obtienen mostrando un comportamiento sufrido y distante que propicia la compasión enfermiza.

El interrogador, como primer drama de control, es aquel que te cuestiona todo lo que le dices, hasta encontrar algo que le parezca erróneo, y se aprovecha de ello para criticarte. Llega a un punto en el que, si le permites tener éxito al menospreciarte, acabas haciendo lo que él dice, con tal de no caer en otro error que pueda notar y te lo vuelva a embarrar en la cara.

El siguiente drama es el Intimidador. Este es usado por personas generalmente de mal carácter y explosivos. Son los que conocemos popularmente como “enojones”. Cuando, por ejemplo, alguien te amenaza manoteando y alzando la voz, se le considera como intimidador activo, en cambio si la amenaza fuera un susurro con “ojos de pistola”, estaríamos hablando de un intimidador pasivo, del tipo que te dice entre dientes: “no sabes con quién te estás metiendo”.

En el otro extremo de las cosas,  se encuentra el tercer drama, el retraído. Es aquel personaje que ante una situación que lo incomoda, se queda callado. Si habla a duras penas contesta con monosílabos. Son los que enarbolan el pretexto de uso común: “calladito me veo más bonito”. Aparentan tener una gran timidez, pero en realidad están utilizando una estrategia inconsciente para llamar la atención.

Luego está el distante, que siempre parece más misterioso y reservado que los otros. Habla a medias y no completa las ideas, dejándolas en suspenso perpetuo. La atención de los que le rodean es captada debido a ese halo de misterio que genera.

Finalmente encontramos a la víctima, ese al que todo lo malo le ocurre, y que siempre emana una actitud de “pobre de mí”. Todo el discurso de este personaje parece culparnos de que no estamos haciendo lo suficiente por él, y acaba acaparando nuestra atención cuando reaccionamos al querer solucionarle los problemas que lo agobian. Esta actitud es muchas veces resultado de la acción del intimidador.

Estas categorías crean relaciones co-dependientes, de forma que el interrogador, propicia a un distante o retraído y los distantes generan interrogadores que les preguntan qué les pasa. Los intimidadores crean víctimas y las víctimas propician intimidadores, generando un círculo vicioso del cual es muy difícil escapar si no se está consciente de ello.

Normalmente, nos creemos ajenos a estos comportamientos, peo te animo, amigo lector a que voltees hacia ti mismo y veas en cuál caes repetidamente, para que logres superarlo y actuar como mejor te convenga y no como tus automatismos lo decidan. Estar consciente de estas trampas del ego nos conducen a una existencia mucho más plena y a un estado de alerta que hace tu vida más interesante.

¡Feliz fin de semana!

sábado, 26 de enero de 2013

"La importancia de mantener vivos tus sueños", publicado el 27 de Enero de 2013




La importancia de mantener vivos tus sueños

Suele ser muy común que, al vivir en un mundo en el que todo son distracciones y nuestra atención es constantemente acaparada por tanto hacia dónde mirar, perdamos la brújula que nos orienta hacia dónde nos debemos dirigir si es que queremos darle sentido a nuestra existencia. Llega un momento en el que trabajamos y vivimos en “piloto automático” sin tener claro nuestro propósito de porque estamos haciendo lo que estamos haciendo.

Tarde o temprano todos nos enfrentaremos con la pregunta más importante que nos podemos hacer a nosotros mismos: “¿Cuál es el propósito de mi vida?”. Algunos tienen que esperar hasta su lecho de muerte para planteársela, otros, prefieren salir a su encuentro, antes de que éste sea inevitable.

“Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”, dice una popular fórmula que trata de dar respuesta a esta interrogante. Sin embargo, esas tres recomendaciones van más orientadas hacia la idea de “dejar huella” en este mundo antes de retirarnos, buscando que nuestra estancia aquí, no pase desapercibida para futuras generaciones. Ubicado de esa forma, se convierte más en una manifestación del ego, que cualquier otra cosa. Y dicho sea de paso, hay personas a las que los árboles se les marchitan, los hijos las abandonan y no son capaces ni de leer un libro por año, mucho menos escribirlo, por lo que la trascendencia prometida, se torna dudosa, en el mejor de los casos.

Personalmente, yo creo que el propósito de nuestra vida es realizar nuestros sueños, esas cosas que siempre has querido lograr, pero que te acabas escondiendo detrás de los “no puedo”, “no tengo”, “no sé” o “no debo”. Los sueños son el alimento que nutre al alma. Es muy común que a lo largo de la vida nos encontremos con su realización frustrada, pero es necesario que sigamos soñando para mantener viva la llama de nuestra existencia.

Cuando somos jóvenes, estamos muy conscientes de todo aquello que queremos conquistar, pero aún no tenemos ni la fuerza ni la entereza para hacerlo. A medida que pasa el tiempo, adquirimos esas habilidades, pero perdemos el valor para lograrlo. Y entonces ocurre algo muy trágico, utilizamos esas armas contra nosotros mismos y nos convertimos en nuestro peor enemigo. 

Descartamos nuestros sueños de juventud, porque llegamos a pensar que eran tonterías propias de la inexperiencia y que estaban fuera de lo que realmente se puede alcanzar, desde nuestra nueva y disminuida perspectiva de adultos, siempre conscientes de nuestras “limitaciones”.

Existen tres síntomas que al presentarse, son signos inequívocos de que hemos abandonado el camino hacia lograr aquellos sueños postergados indefinidamente:

La falta de tiempo es el primero de ellos. Normalmente les afecta más a los que hacen muy poco y siempre se están quejando que no les alcanza  el tiempo para nada y su estado habitual es estar cansados. Paradójicamente, las personas más ocupadas son las que siempre tienen tiempo para todo. 

El segundo es un estado de perpetua certeza, nos conformamos con lo poquísimo que le pedimos a la vida y nos sentimos que ya todo lo sabemos y que no hay nada más que lograr. Nos conformamos  con observar de lejos a los que continúan persiguiendo sus sueños y sentimos que esa etapa ya pasó en nuestra vida y no hay nada más que hacer.

El último síntoma es un estado de paz sin exigencias. Nuestros logros son vivir las pequeñas rutinas diarias y ya no se nos exige más que aquello. Nos sentimos maduros y creemos que hemos alcanzado nuestra realización completa. Aprendemos a habitar nuestra zona de confort perpetua. Es entonces cuando la vida transcurre igual que cualquier tarde de un domingo. Nos asombramos cuando alguien de nuestra generación, aún habla de querer lograr cosas nuevas en su vida, cuando lo que en realidad ocurre es que no lo entendemos porque ya habíamos renunciado a ese camino y no nos cabe en el juicio que, a estas alturas, alguien siga en él.

Si optamos por abandonar ese camino, tendremos un pequeño período de tranquilidad, que finalmente se verá contaminado por el hedor de los sueños muertos que se empiezan a podrir en nuestro interior. Eso nos genera un estado de incomodidad que deriva en  comportamientos agresivos hacia quienes están en nuestro entorno y finalmente hacia nosotros mismos. De ahí empiezan a surgir toda clase de enfermedades.

No sentiremos derrotados y nos pesará tanto la cobardía de habernos apartado de aquel camino, que eventualmente desearemos la muerte que nos alivie de nuestra falta de tiempo, de nuestra certeza perpetua y  de aquella horrenda paz de las tardes de domingo.

Siempre mantén vivos tus sueños, y por ningún motivo abandones el camino que te llevará a su realización. Después de todo, tu vida y tu felicidad, dependen de ello.

¡Que tengas un feliz fin de semana!