Este sitio te permitirá acceder a los artículos de Rigo Vargas publicados en el periódico "El Sol de León", en la columna del mismo título

domingo, 2 de febrero de 2014

El Barco sin Destino - artículo inédito

El barco sin destino

Cuando decidimos ampliar nuestros horizontes cognoscitivos y vivenciales y nos embarcamos en la búsqueda de caminos diferentes que conducen a realidades ocultas que ni sospechábamos que existían, ocurre con mucha frecuencia que terminemos confundiendo las islas con tierra firme y no continuemos caminando por creer que ya hemos llegado.
Aprender a cantar mantras, a manejar la energía, a programar la mente, a activar los chakras, a despertar la energía kundalini, a practicar Reiki, a programar el agua, etc. son algunos de tantos métodos que nos sirven para rozar con aquél mundo misterioso e intrigante del conocimiento oculto.

Existen un sinfín de técnicas y enseñanzas, que se ajustan al bolsillo del postulante, y aún las hay completamente gratis y con contenidos parecidos. Desafortunadamente hemos llegado a creer, que si no nos cuesta, no sirve. Generalmente, lo más simple es lo mejor. Con un poco de criterio, en internet podemos encontrar gran cantidad de información publicada gratuitamente, que nos enriquece en aquella búsqueda de lo desconocido.
No obstante, existe una consideración muy importante que tenemos que hacer, antes, durante y después de haber utilizado todas las técnicas habidas y por haber: ¿Para qué queremos todo aquel arsenal, si no sabemos hacia donde nos dirigimos? Si aún no sabemos cuál es la misión de nuestra vida, podemos llegar a fascinarnos con las herramientas y  perder de vista que son medios para un fin.

Dice el Maestro Alejandro Jodorowsky: “Uno no sabe nadar, el otro no sabe hacia dónde nadar. Los dos se ahogan”. Tan importante es saber qué hacer, como saber para que me sirve saber lo que sé, con qué propósito lo he incorporado a mi bagaje de conocimientos.
Cuando desconoces el propósito de tu vida, cualquier técnica que no te sirva para realizarlo, es mero conocimiento acumulado, que se transforma eventualmente en tiempo perdido. Si por ejemplo, tu misión es convertirte en pintor, ¿para qué quieres aprender a componer una sinfonía? no es lo tuyo. Tu deberías aprender cosas que te lleven a realizar esa misión elusiva, que siempre subyace en tu interior y que si no la descubres y la llevas a la práctica, se pudre por dentro y se refleja, en más de un sentido, en tu calidad de vida, en tu satisfacción personal y aún en tu apariencia física.

Desafortunadamente, hemos aprendido de nuestro entorno y de las personas que nos han educado (amaestrado),  que nuestras misiones de vida son siempre las mismas para todos: Tener mucho dinero, tener una pareja, tener una familia, y tener una salud amparada por seguros e instituciones dedicadas a tal fin.
No obstante, conocer tu misión de vida es una tarea prioritaria que debes de anteponer a cualquier otra técnica o filosofía existencial. Si no sabes hacia dónde vas, de qué te sirve conocer técnicas que no te llevarán a ninguna parte que sirva para tu crecimiento espiritual y humano.

El viaje es hacia adelante, pero indefectiblemente, tiene que ser un resultado del camino interno que tengo que recorrer previamente para poder conocer mi interior, con todos sus matices, virtudes y defectos. Si antes de todo no sé quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, cualquier técnica que adopte, por muy espiritual que parezca, puede no sólo no ayudarme a obtener mis sueños, sino a llevarme en sentido contrario.
No debemos olvidar que dentro de nosotros vive algo que no es nuestro, al que hemos llamado de muchas formas, entre otras, ego, y su deporte favorito es bloquearnos por todos los medios posibles, para crecer y orillarnos a permanecer en nuestra zona de confort indefinidamente. Cualquier técnica que aprendo para lograr mis sueños, el ego también la aprende y la utiliza para distorsionar mis resultados.

Antes de comenzar a utilizar cualquier disciplina espiritual, esotérica, mágica, es necesario recordar que la realidad se crea de dentro hacia afuera, y si mi “dentro” está gobernado por algo que no soy yo, mis fuerzas estarán divididas y por ende, también lo que obtenga.
Hasta que no me avoque a descubrir mi misión de vida y enfrente a ese pasajero que vive en mi interior, convenciéndolo de que trabaje para mí y no en mi contra (viaje interno), todo lo que me proponga tendrá resultados ambiguos. El camino es hacia adentro, y después como consecuencia, hacia afuera, porque hacerlo al revés, equivaldría a que intentáramos peinarnos, peinando a nuestra imagen que se refleja en el espejo en lugar de a nuestra propia cabeza.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La Voz del Silencio - artículo inédito


La voz del silencio
Las grandes elevaciones del alma no son posibles, sino en la soledad y en el silencio
                                                                                                                                           Arturo Graf
Estar en silencio es un lujo que raramente se puede permitir el hombre “civilizado”. Nuestras ciudades son estrepitosas por excelencia y a excepción del lecho nocturno, el ruido nos acompaña a dondequiera que vayamos. Esa condición nos ha alejado de la voz interna que trata de hablarnos por todos los medios, pero que hemos aprendido a ignorar olímpicamente.
Los pensamientos, que son fuente de creatividad, inspiración y autoconocimiento, son sustituidos y opacados, a veces voluntariamente por el radio, la televisión o cualquier otro distractor al alcance de la mano y del control remoto. Posiblemente sea el miedo inconsciente de tener que escuchar nuestros propios pensamientos, lo que nos orilla a ignorarlos. Es lo que se ha llegado a conocer como “la voz de la consciencia”, que aflora en forma de ideas y sentimientos.
La creatividad se manifiesta en el silencio mayormente. Tal es el caso de Beethoven, quien compuso su mejor sinfonía estando sordo, aunque eso no quiere decir que la incapacidad auditiva sea deseable. Lo que sí lo es, es el silencio que me pone en comunión con mi espíritu que aprovecha para dejarse escuchar. En las culturas orientales se acostumbra la práctica de la meditación, que obtiene iguales resultados
Al margen de eso, el silencio tiene un lenguaje propio que hemos aprendido a interpretar, de acuerdo a las situaciones, tal es el caso del médico cuando tiene que dar la noticia a los familiares de que la cirugía terminó en tragedia. El silencio lo dice todo.
También está el caso inverso, en el que nos encontramos ante el umbral de algo que es muy difícil de comunicar y se complica el doble cuando nosotros somos los interrogados. En ese caso, la mirada se desvía, generalmente hacia abajo, como buscando leer en el piso la respuesta adecuada. Es entonces cuando se vive en carne propia aquel refrán que reza: “El que calla, otorga”.
Existen momentos de solemnidad, donde alguien pide un minuto de silencio en memoria del recuerdo de una persona fallecida. Ahí el silencio es interpretado como reverencia póstuma.
Pero los silencios más importantes se presentan cuando algo que consideramos injusto nos ocurre en la vida y no existen respuestas para las preguntas de siempre: “¿Por qué a mí?”, “¿Por qué ahora?”. Como si el saber las respuestas fuera el remedio a aquello que nos aqueja. Incluso cuando volteamos la cara al cielo exigiendo una explicación, la respuesta es siempre un silencio eterno.
Si la vida no nos responde es por una muy simple y sencilla razón, la respuesta siempre reside en el interior de nosotros mismos. Como observamos el efecto afuera, creemos que la respuesta se encuentra en el mismo lugar, pero eso equivale a olvidar que todo lo que es denso y tangible, proviene del mundo de lo sutil, del mundo de las ideas. Nada puede existir en el mundo de la forma, sin haber sido antes un pensamiento. Evidentemente, una vez materializado, hay que hacerle frente de la misma forma, pero para entender por qué está ahí, tenemos que conocer desde dónde se generó.
De la misma forma en que se le da a un niño pequeño una medicina amarga por su propio bien y en contra de su voluntad, a veces la vida nos pone en situaciones que no nos gustan y no entendemos, pero que tenemos que atravesarlas para aprender a resolverlas y disolverlas, porque de no ser así, la misma situación nos perseguirá a donde vayamos, sólo cambiando escenarios y personajes, con tal de enseñarnos aquello que precisamos aprender, y hasta que no lo hagamos, aquello seguirá presentándose una y otra vez.
Si el niño tuviera la capacidad suficiente para entender, no nos preguntaría por qué le damos aquello que sabe tan feo, sino PARA QUE se lo estamos dando. Y eso es exactamente lo que hacemos los adultos cuando el doctor nos receta algo, le cuestionamos para qué es cada medicina que nos ha mandado.
No obstante, cuando nos sentimos “injustamente” tratados por la vida y los “¿Por qué a mí?”, “¿Por qué ahora?”, se hacen presentes. Es entonces cuando la vida nos contesta con un irónico: “Interpreta mi silencio”, que sirve para recordarnos el “para qué” nos pasa lo que nos pasa.
Ese aislamiento e incomprensión existencial que sentimos en esos momentos, deben llevarnos a ver el cuadro completo y no sólo un fragmento de la historia. Claro está, a nadie nos gusta sufrir, pero en el entramado universal, incluso eso tiene una función importante, que aunque de momento no veamos cuál es su razón, eventualmente nos será revelado con el paso del tiempo. Tal es la forma de auto-explicarnos nuestra propia vida, cuando se observa en retrospectiva. Si somos minuciosos encontraremos que absolutamente todo lo que nos ha ocurrido, por insignificante que sea, nos va llevando de causa en consecuencia, muy al estilo del efecto dominó.
Y justamente, frente al silencio que experimento ante lo que considero injusto, recuerdo que lo similar cura lo similar y es precisamente por ello, que tengo que procurar mis propios momentos de silencio, para que mi espíritu se haga eco de todo aquello que lo causó desde lo sutil y lo psíquico y de paso me revele la mejor forma de enfrentarlo y superarlo.
Me encuentro entonces con que mi prerrogativa cambia de “¿por qué me pasa esto?” a “para qué” no obtengo respuestas, “para qué me pasa lo que me pasa”, y es exactamente ahí, donde voy a permitir que la voz del silencio del universo, converse con mi propio silencio y de ese diálogo resulte que yo obtenga todas las respuestas que necesite y al mismo tiempo mi alma se nutra.
Reserva unos pocos minutos de tu tiempo para estar en silencio todos los días, para que permitas que la voz del silencio te hable y te permita conocer el propósito mismo de tu existencia.

sábado, 2 de noviembre de 2013

¿De qué se trata tu vida? - Artículo Inédito



¿De qué se trata tu vida?

Desafortunadamente, son tan pocas las veces que hacemos una pausa en el camino para evaluar lo hasta ahora recorrido y para hacer consciencia de a dónde nos dirigimos a partir de éste punto, que el resultado es que los automatismos de la rutina, terminan confundiéndose con el destino. Es por eso que llegamos a creer que mientras cumplamos nuestras obligaciones diarias, mientras nos mantengamos en estado de “productividad laboral”, la vida tiene que ser buena y nos sonreirá siempre.

Tal vez ese pensamiento se originó en la escuela cuando éramos pequeños y nos premiaban con buenas calificaciones si cumplíamos con nuestras tareas diarias, y tanto para los maestros, como para nuestros padres, éramos “niños buenos”, siempre y cuando nos alineáramos a lo que nos dictaban que teníamos que hacer. 

En última instancia, la obediencia ciega era buena y nos hacía merecedores de elogios y premios, y por ello, cualquier acto espontáneo que se alejara de lo aceptado por todos, se consideraba como rebeldía y era castigado con el desprecio y el sometimiento a los lineamientos correspondientes. Muy al estilo de lo que fue ilustrado por Richard Bach en el magnífico “Juan Salvador Gaviota”.

Por todo aquello, crecimos con la idea errónea, que todo lo que nos hace diferentes y únicos, debe ser sofocado si no se apega a lo que los paradigmas establecidos, han determinado que es lo mejor para nosotros. Infinidad de carreras artísticas se han visto truncadas en sus inicios, con el argumento de que: “Eso no te va a dar de comer, lo que debes de hacer, es buscar una profesión que te dé dinero”. 

Cuando llegas a la edad madura y te das cuenta que todos tus sueños de niñez y juventud  fueron sacrificados en aras del bien más “alto” de recibir dinero, la frustración se hace presente y paradójicamente, el dinero se aleja. En lugar de enseñarnos a recibir dinero como una consecuencia de la satisfacción personal, nos adiestraron a sentirnos satisfechos con el dinero como un fin. Seguimos siendo el niño que persigue la calificación más alta, ahora expresada en signo de pesos.

El resultado de todo esto es que colocamos “la zanahoria delante del burro” y que caminamos persiguiendo un objetivo de vida que no resuena en absoluto, con nuestra misión en este plano de existencia.

Trabajar mucho, acumular bienes y descansar poco, se han vuelto las directrices de la vida de la mayoría, incrementando dramáticamente el stress y la sensación de vacío interna, que se pretende llenar con papel moneda y sostener con adquisiciones materiales. 

Cuando en mis conferencias he hecho la pregunta: “Si yo te regalara diez millones de dólares, ¿Cómo sería tu vida?”, las respuestas siempre han sido del orden de “Estaría más tiempo con mis hijos”, “Frecuentaría más a mis amigos”, “Leería más libros”, “Vería más películas”, etc. Entonces les hago ver que para hacer eso no necesitan un solo peso, sólo la voluntad de hacerlo. Las cosas que nos hacen felices, no se compran, porque si así fuera los multimillonarios serían los seres más felices del mundo. Nada más lejos de la realidad.

Disfrutar de la vida, se convierte en una consecuencia del éxito financiero, cuando tendría que ser exactamente al revés. Nos hemos condicionado tanto al sistema de recompensa impuesto en la psique durante nuestra estancia en la escuela, que creemos que para disfrutar, primero hay que sufrir. O sea, no tengo derecho a disfrutar nada si primero no trabajé mucho para merecérmelo.

Se nos olvida que si estamos desempeñándonos en una actividad que realmente nos apasiona, el trabajo se vuelve disfrutable en sí mismo y no una medicina amarga que me tengo que tragar sin ganas de hacerlo. Un ser realizado es aquel que puede decir “Me divierto tanto y hasta me pagan por eso”. La felicidad es consecuencia de la realización, y la realización la obtengo cuando soy congruente con aquello que siempre he querido ser o hacer.

Si tu vida se trata sólo de obtener más dinero, porque compraste la idea de que “El dinero no es la felicidad, pero si lo más parecido a ella”, estás amordazando a tu niño interno que te grita desesperadamente lo que realmente viniste a hacer a este plano, pero cuando llegue el momento en que ya no le puedas tapar más la boca y te hable al oído en tu lecho de muerte, para entonces ya será demasiado tarde.

Tal como Paulo Coelho dice: “Todo hombre tiene la obligación de saber a dónde conduce el misterioso camino que pasa por enfrente de su casa”, es así que tenemos que encontrar nuestro propio camino, y si no existe, hacerlo y caminarlo, porque de esa forma, la grandeza, la realización y la satisfacción estarán esperándonos al final del mismo. Nunca hay que tener miedo a ser diferentes, lo único realmente temible es llegar al final habiéndonos negado la oportunidad de hacer lo que realmente nos gusta. Después de todo, de eso es de lo que verdaderamente se trata la vida.

domingo, 13 de octubre de 2013

"La Sombra de un Hombre Solitario" - Artículo Inédito



La Sombra de un Hombre Solitario

“La soledad es muy hermosa…cuando se tiene junto a alguien a quién decírselo”
Gustavo Adolfo Bécquer

Los momentos más importantes de nuestra vida los experimentamos, querámoslo o no, solos. Me refiero a nacer y morir. Y no es que al salir al mundo, o del mundo, no haya quien nos reciba, siempre habrá quien lo haga para bien o para mal, pero el punto es que la transición siempre es en solitario. Un acto tan común como es ir a dormir, es un recuerdo cotidiano de aquel estado que atravesaremos tarde o temprano.

El ser humano es social por naturaleza y busca la compañía de sus semejantes a lo largo del trayecto de su vida, por ello la soledad es algo que prefiere evitar en la medida de lo posible.

Existe una creencia generalizada en concebir a la soledad como una condición, cuando es en realidad una actitud. Esto se hace evidente al viajar en un autobús urbano: aunque todos viajan juntos nadie habla con nadie y los que no van ensimismados en su diálogo interno, optan por fugarse de la opresiva soledad comunitaria escuchando música con audífonos o revisando sus mensajes en el celular, y lo único que les preocupa del entorno, es estar atentos a la parada donde tienen que bajarse.

No obstante, al estar en compañía de una sola persona con la que nos sentimos a gusto, no importan las condiciones en las que nos encontremos, nos daremos cuenta que nada nos falta y la soledad no podrá hacerse presente.

Eso nos lleva a conceptuar a la soledad, no por lo que es, sino por lo que no es: “Soledad no es añorar compañía, es añorar semejanza”. Esa es la razón por la que a veces, aún acompañados, nos sentimos solos. No basta con una presencia física.

Hay veces que intentamos mentirnos a nosotros mismos, diciéndonos que en soledad somos más libres y que podemos hacer lo que queramos sin rendir cuentas a nadie. Y aunque eso es cierto, en el fondo sabemos que, como aquel proverbio chino  apunta sabiamente: “Si caminas solo, llegarás más rápido; Si caminas acompañado, llegarás más lejos”.

No es por casualidad que la tasa de suicidios aumenta en las navidades y días festivos, porque es en esos días cuando la soledad se ensaña en manifestarse y sirviéndose de la voz del ego, nos recuerda su presencia, y más aún, nos cuenta lo bien acompañados que están todos los demás y lo mucho que nos estamos perdiendo por estar solos.

Un triste ejemplo de soledad impuesta, son los ancianos que son refundidos en los asilos, como si de estorbos se tratara. El contenido de sus pláticas es siempre nostálgico y deprimente. En la mayoría de los casos, los arrumban como si fueran muebles viejos, que ya no saben dónde guardar, y creen que con ir a visitarlos una vez al año, es más que suficiente, para luego estar esperando sólo el día de su muerte. 

En última instancia, es decisión mía como me quiero sentir, porque aunque esté en una isla desierta, siempre estaré acompañado de mis pensamientos, y si entiendo que yo no soy mis pensamientos, sino el que los piensa, comprendo entonces que mientras viva, nunca me dejarán solo.

Existe una canción de Alan Parsons Project que se llama, “The Shadow of a Lonely Man” (La Sombra de un Hombre Solitario). Interpretada por John Miles en los vocales y Alan Parsons en la música, que logra un sentimiento de añoranza y nostalgia, perfectamente transmitido en una magistral interpretación.

Para ilustrar aquello de lo que venimos hablando, y a manera de tributo, he aquí una traducción libre de la letra de esa canción, verdadera oda a la soledad, que estoy seguro logrará resonar en más de alguno. Al pie del artículo está una liga para escucharla:

“Mírame ahora, soy la sombra del hombre que solía ser, 

Mira a través de mis ojos y verás a través de años de soledad”

“Hubo momentos en mi vida, en los que no podía soportar perder un simple juego.

Y lo de menos para mí era la fama y la fortuna,

Pero ese sueño parecía terminar, tan pronto como comenzaba, ¿Cómo iba a saberlo?

Y la última cosa que había en mi mente, era que el show al final se acaba

La sombra de un hombre solitario que no siente a nadie más

En la sombra de un hombre solitario, 

Me puedo ver a mí mismo.

Los sonidos de las multitudes, cuando me vienen a ver, ya no son los mismos

Y lo curioso, es que ni siquiera puedo recordar mi nombre

Pero me voy a aferrar a una esperanza, hasta que no pueda aguantar más

Y aún con todos los elogios, me doy cuenta que estoy solo

Y lo que veo cuando miro a través de la puerta

Es la sombra de un hombre solitario y no hay nadie más,

En la sombra de un hombre muy solitario,

Me puedo ver a mí mismo.

Mírame ahora, soy la sombra del hombre que solía ser.