Este sitio te permitirá acceder a los artículos de Rigo Vargas publicados en el periódico "El Sol de León", en la columna del mismo título

domingo, 28 de junio de 2015

¿Tienes Aspiraciones Espirituales? - Artículo Inédito




La inmensa mayoría de la gente, cree que tener aspiraciones se limita al reino de lo físico, del dinero y las posesiones materiales. Tan es así, que he escuchado a alguien quejarse de las personas que no tienen aspiraciones porque “cómo es posible que no quieran tener más cosas”. Confunden el “ser” con el “tener”. El “ser” propicia el “tener” como efecto, pero el “tener” jamás generará al “ser”. O dicho de otro modo: “El hábito no hace al monje”.

Dependiendo de tu nivel de consciencia, es la estatura que tendrán tus aspiraciones, deseos y anhelos. Mientras más elevado sea ese nivel, más extraños le parecerán a la gente que te rodea, tus metas. Recuerdo una frase de Nietzsche que decía: “Mientras más alto volamos, más pequeños parecemos a los que aún no pueden hacerlo”.

Desear tener cosas materiales no es malo, lo malo es que se ubique ese deseo como lo más elevado a lo que puede ascender un ser. Si consideras que todas las posesiones que van llegando a tu vida son las que te definen, entonces tu valor depende de un montón de objetos acumulados.

Tal como lo ubica genialmente Paulo Coelho: “No midas tu riqueza por el dinero que tienes, mídela por aquellas cosas que no cambiarías por dinero”. Comprender esto, es comprender que lo más importante que tienes en la vida, no tiene precio, ni se cotiza en la bolsa de valores. 

Cuando has subido algunos peldaños en la escalera infinita de la consciencia, las cosas se empiezan a ver de manera muy diferente. Desafortunadamente, el despertar a ese estado no es sencillo y requiere de algún esfuerzo. A veces, un evento trágico que te ocurre en la vida, de esos que han llamado “noche oscura del alma”, te hace despertar violentamente de tu zona de confort y de súbito te cambia la percepción. Sin embargo, después de una caída, la forma en que la tomes, determinará la forma en que te levantes de la misma, si es que quieres levantarte.

También tendrás que entender que siempre has estado dominado por el ego y si no aprendes a ponerlo a trabajar a tu favor, él siempre trabajará diligentemente en tu contra y todo lo que vives y aprendes que te sirve para crecer, él lo usará para todo lo contrario, sobre todo cuando se trata del crecimiento personal, que tanto lo asusta.

Así mismo, es menester establecer una diferencia importante en cuanto al concepto de “espiritualidad”. Se tiende a confundir con el concepto “religión”, aunque no es lo mismo. La religión se encarga de la relación con Dios, y la espiritualidad se encarga de la relación con tu propio espíritu. Se trata de hacer un viaje al interior de ti y comprender la verdadera esencia de tu ser, independientemente de la religión que profeses.  En ese sentido, la religión establece que acercarte a Dios salvará tu alma, pero cultivar la espiritualidad se encargará de que esa alma tenga calidad.

Para ilustrar un poco más todo este asunto, te propongo algunos ejemplos de aspiraciones materiales  y luego, haciendo contraste,  otras espirituales, para facilitar el entendimiento por diferencia.

Ejemplos de Aspiraciones Materiales:
Terminar mi carrera
Comprar un auto o una casa
Poner un negocio
Conseguir un trabajo

Ejemplos de Aspiraciones Espirituales:
Elevar mi nivel de consciencia
Generar mi propia realidad
Convertir al ego en mi aliado
Descubrir mi misión personal en esta existencia
Aprender a liberarme de apegos

Como ves, la diferencia entre ambas es abismal. Las materiales son siempre tangibles y del reino de lo denso, a diferencia de las espirituales que son mucho más sutiles, pero, a mi parecer, mucho más importantes porque determinan el rumbo de tu existencia.

No existe un catálogo de algún tipo de aspiraciones, ni hay unas mejor que otras. En ambos casos tendrán que estar sujetas a tu propio deseo y a tu voluntad y persistencia.

 La buena noticia es que si procuras tus propias aspiraciones espirituales, las materiales llegarán por añadidura. La ley de correspondencia establece que: “Como es arriba, es abajo. Como es adentro, es afuera”. Si cambias tu percepción de las cosas, entonces las cosas cambian. Al trabajar con lo que tienes en tu interior, el exterior, por reflejo cambiará. 

Pero, como siempre, tú tienes la última palabra, sin dejar de considerar que esa palabra depende directamente de tu nivel de consciencia y de la influencia del ego, porque tal como Buda decía: “¿Quién mueve tu lengua cuando hablas?”

lunes, 21 de julio de 2014

Cuando Destruyes lo que Amas - Artículo Inédito


Cuando destruyes lo que amas

“Destruimos siempre aquello que más amamos

En campo abierto, o en una emboscada;

Algunos matan su amor cuando son jóvenes y otros cuando viejos

Algunos aman poco, otros demasiado

Porque todo hombre mata lo que ama

Algunos con la ligereza del cariño

Otros con la dureza de la palabra,

Los cobardes destruyen con un beso,

Los valientes destruyen con la espada.”

                                                Balada de la cárcel de Reading (fragmento) – Oscar Wilde

 Parece una incongruencia decir que se destruye aquello que más se ama. Y aún más incongruente es tratar de entender que después de la destrucción, el amor de quien ha empuñado la espada para destruir, subsista hacia lo amado. Las expectativas del amor son que edifica, purifica y sublima. ¿Cómo puede entonces el amor dar pie a esa catástrofe?
 
En la sabiduría popular se encuentra un refrán que reza: “Del amor al odio existe un solo paso”, y al margen de eso, la vida cotidiana nos muestra cada día rupturas incomprensibles dónde la destrucción de las relaciones se genera desde una perspectiva personal aparentemente contradictoria, de sentir amor y actuar con “odio”.

Detrás de todo esto, está el enemigo de siempre que vive entre las sombras de nuestra psique y tiene en su haber cientos de trampas y artimañas para hacernos actuar incomprensiblemente. Se trata de nuestro diabólico “ego” que es especialista en mantenernos en nuestra zona de confort y todo lo que le amenace con salir de ahí, es atacado ferozmente, con miles de razonamientos y riesgos imaginarios.
Para poder comprender su actuación, recordemos que el motor de su funcionamiento es el miedo, que en casos como este tiene varios ángulos de los que se vale para sembrarlo diligentemente en nuestros pensamientos.

Por una parte, el ego tiene miedo a crecer, porque si crece, madura y si madura, se acerca peligrosamente a la muerte. Al ego le interesa que sigamos en un estado infantil, aunque creamos que somos muy maduros, pero basta que nos pongan contra las cuerdas, para que se manifieste con toda su fuerza y nos convirtamos en infantes por unos momentos. La mejor evidencia de esto es ver a las personas que nos rodean cuando enfrentan algo que identifican como ataque. Las reacciones alteradas, son tal cual, las de niños furiosos.
Eso no debería extrañarnos ya que se sabe que el ego tiene la edad  equivalente a un niño de 7 años como máximo.

El amor es sin duda una vía de crecimiento y maduración, por eso el ego le tiene tanto miedo y reacciona ante eso con actitudes de rechazo y siempre tratando de convencernos de volver al estado anterior, dónde no teníamos esos problemas. Eso es la base de los celos infundados, donde necesito ubicar al ser amado en escenas imaginarias de infidelidad, para poder justificar mi comportamiento, cuando lo único que estoy haciendo es escuchar la voz del enemigo interno que a toda costa me quiere evitar crecer.
Por otra parte, y visto desde una perspectiva más espiritual, el amor acerca a la divinidad, mientras que al ego le gusta permanecer en lo mundano. El ego intuye que la presencia de la divinidad en el ser, lo disolverá indefectiblemente, por lo que se va a defender con todo lo que pueda y hará lo necesario por alejarse de aquello que amenaza su supervivencia.

Entender esas dos posturas de miedos, es entender la reacción contradictoria de alguien, que a pesar de seguir amando, destruye lo que más ama, como sabiamente indica Oscar Wilde en el fragmento de poema que aparece al principio de este artículo.
Queda entonces la interrogante de qué camino debemos tomar ante una situación similar. La respuesta es aquello que desde hace muchos siglos, los grandes maestros de la humanidad nos han indicado que hay que hacer: vaciarnos del ego y actuar desde nuestra propia divinidad. Dirigirnos hacia el camino interno que nos permite descubrir lo que realmente somos, y no lo que otros nos han querido inculcar.
En la medida que logremos evitar que “eso” se posesione de nuestros actos, conseguiremos no sólo dejar de reaccionar puerilmente ante aquello que creemos que nos amenaza, sino que también adoptaremos una postura absolutamente madura, constructiva y edificante ante toda eventualidad.

Seguir rigiéndonos por los consejos del ego, es seguir actuando al niño eterno, caprichoso y sin padre, que como todo niño “emberrinchado”, hace lo que se le ocurre sin considerar las consecuencias de sus actos. No obstante, al sufrir los efectos de su comportamiento, se esconde como buen niño, dejando al ser maduro solo, desconcertado y sin comprender por qué recibe  lo que recibe.

Si no quieres llegar a destruir aquello que más amas, entonces desoye los consejos de ese niño berrinchudo que todos llevamos dentro, y como un adulto maduro, reacciona con entereza, racionalidad y corazón, sin dejarte llevar por las emociones del momento, si no quieres acabar con el alejamiento de todos tus seres queridos, viviendo sólo en compañía de ese peligroso niño que te pone a sus pies y a su servicio.

domingo, 16 de marzo de 2014

¿Eres consciente de tu nivel de consciencia? - Artículo Inédito


¿Eres consciente de tu nivel de consciencia?
A últimas fechas se habla mucho del despertar de la consciencia y de elevar el nivel de la misma, pero queda como vacío el marco de referencia que nos sirve para ubicar en dónde nos encontramos ahora mismo, y por ende, conocer el camino qua aún nos falta recorrer para lograr un desarrollo pleno de ésta.
Algunos autores como Carl Gustav Jung, Alejandro Jodorowsky, Fernando Malkún, etc, han hecho el esfuerzo de clasificarla en sus diversas etapas, pero su falta de difusión, ha dado como resultado que sólo los terapeutas muy especializados las conozcan.

En ánimo de que todos podamos servirnos de ellas como mapa de camino, en esta ocasión las abordaremos, puntualizándolas con una explicación breve de cada una y con ejemplos sencillos para facilitar la ubicación personal.

Existen 5 grandes grupos de niveles de consciencia: El animal, el humano,  el espiritual, el cósmico y el divino. El humano, por ser el nivel al que pertenecemos naturalmente, tiene 5 sub-niveles y la inmensa mayoría de habitantes de nuestro planeta, tal vez por ignorancia, se encuentran atascados en uno de esos, sin conseguir escalar más allá de los mismos.
I-La Consciencia Animal.  Este nivel es sólo de supervivencia. Los problemas habituales son de territorialidad. Sólo se procuran las necesidades básicas. Aquí impera la ley del más fuerte. Un ejemplo de esto sería un mercenario a sueldo. Quienes habitan este nivel, se conforman con lo mismo que se siente bien cualquier animal silvestre. Comen, duermen, defecan, tienen sexo a placer y son defensores violentos de aquello que consideran su territorio.

II-La Consciencia Humana.
a-La conciencia infantil. Toda la industria del entretenimiento, está dirigida a los que primordialmente habitan este nivel. Aquí sólo se trata de jugar, de pasársela bien, de entretenerse de la forma más hedonista posible. El que se ubica en este lugar, se convierte en un consumidor compulsivo. Mientras tengan sus formas de diversión (hoy en día casi siempre electrónicas), los otros aspectos de la vida les tienen sin cuidado y por supuesto, evitan el crecimiento personal por todos los medios, refugiándose en su isla de entretenimiento. Se convierten en niños a perpetuidad.

b-La consciencia adolescente. El personaje de este nivel, busca por sobre todas las cosas ser admirado y amado. Invierte importantes sumas de dinero en su apariencia personal. Es un romántico empedernido que le encanta pedir sin dar nada a cambio. Vive en perpetua búsqueda de la pareja ideal, lo cual ubica como el pináculo de su realización. Buscan incesantemente encontrar a su “media naranja” para sentirse completos. Constantemente tratan de rebelarse al mundo y tienden a integrarse a un pequeño círculo social.
c-La conciencia de adulto egoísta. La principal característica de este personaje, es que siempre busca hacer negocios lucrativos aprovechándose invariablemente de los niveles inferiores (infantil y adolescente). La vida no tiene sentido para él si no está cultivando buenos dividendos. Preserva a toda costa la propiedad privada y la seguridad. Siempre está a la defensa de sus propios intereses. Busca el poder como forma de vida. No le importa en lo más mínimo perjudicar a quien sea con tal de obtener utilidades. Todo es razonamiento, nada es corazón. Su nivel de empatía es tan bajo que casi es inexistente, a diferencia de su egoísmo que se inflama hasta convertirlo en explotador y le permite abusar de quien él considere.

d-La conciencia social altruista. El altruista ha logrado aprender a compartir todo lo que puede. También sabe recibir, que es el otro extremo de ese estado. Su conciencia ha subido del nivel “competitivo” al nivel “compartido”. Ahora comprende la importancia de dar un servicio. Ya sea con su carrera o con su negocio, o cual sea su fuente de ingresos, siempre busca beneficiar a quienes están a su alrededor. Procura siempre que cualquier nuevo proyecto que emprenda, represente un beneficio tanto para él, como para los demás, si no, carece de sentido.
e-La conciencia social planetaria. Cuando se llega a este nivel, se ha descubierto que la tierra es un ser vivo, y que comportarnos de una forma ecológicamente responsable, no sólo nos beneficia a todos, sino a nuestro amado planeta también. Existe un gran respeto a la vida animal. Comprendemos aquí que no podemos ser indiferentes a los problemas que afectan al mundo, porque nos sentimos parte de él, y aunque sea como esfuerzo personal, procuramos aliviarlos.

III-La Conciencia Cósmica. En este estado comprendo que no somos la única forma inteligente de vida en el Universo, independientemente de que los paradigmas imperantes lo acepten o nó. Entiendo que formamos parte de un pequeño planeta que gira alrededor de un sol y que estamos dentro de una galaxia que no es más que una ínfima partícula del universo conocido. Me siento parte de algo tan inmenso, que me hace ver mis problemas cotidianos como algo sumamente insignificante. Descubro que existen leyes naturales que lo rigen todo y procuro observarlas en mi día a día para propiciar que mi vibración se encuentre en armonía con toda la creación.
IV-La Conciencia Espiritual. Aquí comprendo que soy un ser espiritual con existencia humana, no al revés. Descubro que la vida es una escuela donde vengo a recibir lecciones pendientes que mi alma precisa para lograr trascender y elevarse. Mi cuerpo es sólo el templo donde habita mi alma y mi personalidad es solo el personaje que me tocó interpretar para aprender actuando, en todas las circunstancias con las que me encuentro a lo largo de la vida. Independientemente de cualquier creencia religiosa, sé que para lograrlo, he vivido una sola vida en muchos cuerpos y que sigo en proceso de aprendizaje, porque todo en el universo se logra por merecimiento. Me rijo por la intuición, porque la valoro como un susurro sutil de mi espíritu. Logro entender que todas mis necesidades, son en realidad necesidades de mi cuerpo y mis supuestos “problemas” terminan junto con su muerte. Por ello, comprendo que la muerte es sólo una transición entre estados de consciencia y que las satisfacciones y las cosas que dejé de hacer y pude haber hecho, serán mi único equipaje cuando me vaya de este plano. Me despojo del concepto de “injusticia” porque entiendo que no hay causa sin efecto, ni efecto sin causa. Entiendo también que todo lo que le hago a mi prójimo, me lo estoy haciendo a mí mismo, porque en realidad la separación es sólo aparente  y todos somos uno.

V-La Conciencia Divina. Descubro que todo en el Universo es una expresión de amor. Yo soy amor y el amor está en mí. Este nivel ha sido alcanzado por muy pocos, entre los que encontramos a Cristo, Buda, Mahoma, Hermes Trismegisto, entre otros. Aunque es muy difícil tratar de describir un estado que nos queda algo lejos a los humanos, si podemos intuir y tratar de tener una perspectiva desde nuestra limitadísima percepción. Aquí, sabemos que todo procede de una fuente que se le puede llamar de cualquier manera, y que nuestra propia consciencia se alimenta de ella. Nos sabemos la pequeña gota de agua, sintiéndose que forma parte del vasto océano. Encontramos que todo lo que hemos tenido que pasar, tenía como fin el regreso a casa, la fusión con la fuente divina, y que en la medida que habíamos permanecido alejados de ella, era que permitíamos que la oscuridad penetrara en nuestra existencia infinita.
La forma en que ves al mundo, a tu vida ya a tus circunstancias, está determinada por tu nivel de consciencia. No es mejor quien tiene un nivel diferente de otro, porque de alguna manera, todos ellos son escalones en el camino de la elevación, sin embargo, conocerlos te sirve para entender en qué nivel estás  y comprender a quienes te rodean.  La idea es que no dejes de dirigirte hacia arriba.

domingo, 16 de febrero de 2014

El Sastre Real - Artículo Inédito


El Sastre Real

La siguiente historia me fue contada por un amigo que desconoce su origen. Tratamos de ubicar la fuente sin éxito, por lo que no sabemos a quién darle crédito. He aquí una interpretación libre de la misma:


Había una vez, en un reino muy lejano, un sastre. Era muy respetado y reconocido por cuantos le conocían y la calidad de su trabajo era legendaria. Incluso, se daba el lujo de rechazar trabajos y siempre se dedicaba únicamente a aquellos que le apetecían.
En una ocasión, recibió un lienzo de una finísima seda, que era una verdadera caricia tocarla y su color azul celeste tenía un tono tan especial, que era un regalo para los ojos de quien la veía. Entonces él pensó: “He aquí una seda, que es digna de tocar el cuerpo de la mismísima reina. Voy a confeccionar un vestido maravilloso, digno de su majestad, y seguramente seré aún más reconocido y mis trabajos se cotizarán mucho mejor que ahora.”

Entonces puso manos a la obra, y pacientemente, corte a corte y puntada tras puntada, creo un vestido que era una verdadera obra de arte.
Orgulloso, pidió una audiencia con la reina, y el día indicado, llegó a la corte real, llevando consigo su preciada creación. Al llegar al salón del trono real, la reina lo miraba desafiante y expectante a la vez. Sin dejar de verla directamente a los ojos y con un orgullo que se notaba hasta en sus ademanes, el sastre presentó su magnífica obra de arte: “Su majestad”, dijo arrogante, “He aquí que presento ante vuestros ojos este maravilloso vestido hecho de una exquisita seda, que fue confeccionado precisamente pensando en vos”. Al terminar de anunciarlo, sacó su creación cuidadosamente del envoltorio y alzando su ceja izquierda, y levantando ambos brazos, lo presentó ante la reina.

La reina y toda la corte, quedaron en silencio por treinta largos segundos y un gesto de disgusto se fue dibujando en el rostro de su majestad, al mismo tiempo que enrojecía del coraje. Y sin más, explotó: “Pero ¿qué es esto tan horrible que traes ante mi presencia? ¿Cómo te atreves a pensar que yo puedo usar semejante porquería? ¡Es un verdadero insulto! ¡Eres un asco como sastre, y de ahora en adelante te prohíbo que vuelvas a practicar tu profesión en mi reino! ¡Guardias, retírenlo inmediatamente de mi vista!”
Expulsado del palacio, triste y consternado, el sastre, caminó cabizbajo con su vestido bajo el brazo de regreso a su casa mientras pensaba: “¡No entiendo nada! Pero por dios, ¿Qué hice mal? ¡Este es el vestido más bello que he creado en toda mi vida! ¿Qué es lo que me acaba de pasar? ¡No es justo!”

Sin poder conciliar el sueño, el sastre se levantó a primera hora del día siguiente y fue a ver al viejo más sabio del reino para pedirle consejo. Lo encontró contemplando la salida del sol, lo cual él interrumpió diligentemente para ponerle atención. El sastre le narró lo que acababa de pasar y el anciano lo escuchó pacientemente.
El viejo le dijo: “¿De verdad quieres hacer bien las cosas y remediar tu situación?” El sastre le contestó: “¡Sí! ¡Más que nada en el mundo! ¡Por favor dime qué debo hacer!”. El anciano lo miró dulcemente y le dijo: “Por el momento no te voy a explicar el por qué, pero lo que tienes que hacer es regresar a tu casa, descoser todo el vestido, pieza por pieza, y una vez que tengas todas las partes separadas, lo vas a volver a coser y se lo vas a llevar de nuevo a la reina. Yo sé que ahora no lo puedes entender, pero hazlo tal cual. Ten fe.”

El sastre regresó a su casa más desconcertado aún e hizo exactamente lo que el anciano le había sugerido: descosió el vestido y luego, lentamente volvió a coser parte por parte. Cada puntada que daba, recordaba el rostro enrojecido de la reina y a veces tenía que parar porque sus manos temblaban y el sudor asomaba a su frente. Finalmente terminó, y angustiado, solicitó otra audiencia para ver a la reina.
Entró al salón del trono, esta vez sin ver a nadie a los ojos, y con un caminar lento y temeroso. Al llegar ante la reina otra vez, con voz y manos temblorosas y sin levantar el rostro le dijo a la reina: “Su majestad, os traigo este vestido que confeccioné con todo mi amor para vos. Sinceramente espero que sea de vuestro agrado”.

Lo sacó de su envoltorio y alargó los brazos hacia la reina para presentárselo. En cuanto lo vio, una gran sonrisa se dibujó en su rostro y exclamó: “¡Qué maravilloso vestido me has confeccionado! ¡Qué obra de arte tan exquisita! ¡Eres de verdad el mejor sastre que he conocido! ¡Denle a éste hombre un cofre de monedas de oro y de ahora en adelante será nombrado el sastre oficial de la corte!“
Todos los presentes irrumpieron en aplausos y el sastre estaba sorprendido y admirado. No podía entender que acababa de pasar. Salió del palacio absolutamente intrigado: “¿Qué fue eso? ¡No comprendo nada! ¡Pero si era el MISMO vestido!”

A primera hora del día siguiente, llegó agitado con el viejo sabio, que continuaba en su práctica diaria de ver la salida del sol, y después de agradecerle el consejo y contarle lo ocurrido le increpó: “¡No entiendo! ¿Qué fue lo que pasó? ¡Era exactamente el mismo vestido de la vez anterior! ¿Qué cambió?”
El viejo lo miró con ternura y le explicó: “Efectivamente, el vestido era el mismo. Pero el que entregó el vestido la primera vez, no era el mismo que lo entregó la segunda. El primero era arrogante, altivo y sólo buscaba fama y fortuna. El segundo, era sólo un humilde artesano, que logró olvidarse a si mismo y se entregó a su obra de lleno. Lo único que le importaba era su creación artística más allá de sí mismo. Todo lo que haces, todo lo que entregas, siempre va impregnado de lo que hay en tu interior, por eso los resultados cambian, cuando cambias desde dónde los haces”

FIN

domingo, 2 de febrero de 2014

El Barco sin Destino - artículo inédito

El barco sin destino

Cuando decidimos ampliar nuestros horizontes cognoscitivos y vivenciales y nos embarcamos en la búsqueda de caminos diferentes que conducen a realidades ocultas que ni sospechábamos que existían, ocurre con mucha frecuencia que terminemos confundiendo las islas con tierra firme y no continuemos caminando por creer que ya hemos llegado.
Aprender a cantar mantras, a manejar la energía, a programar la mente, a activar los chakras, a despertar la energía kundalini, a practicar Reiki, a programar el agua, etc. son algunos de tantos métodos que nos sirven para rozar con aquél mundo misterioso e intrigante del conocimiento oculto.

Existen un sinfín de técnicas y enseñanzas, que se ajustan al bolsillo del postulante, y aún las hay completamente gratis y con contenidos parecidos. Desafortunadamente hemos llegado a creer, que si no nos cuesta, no sirve. Generalmente, lo más simple es lo mejor. Con un poco de criterio, en internet podemos encontrar gran cantidad de información publicada gratuitamente, que nos enriquece en aquella búsqueda de lo desconocido.
No obstante, existe una consideración muy importante que tenemos que hacer, antes, durante y después de haber utilizado todas las técnicas habidas y por haber: ¿Para qué queremos todo aquel arsenal, si no sabemos hacia donde nos dirigimos? Si aún no sabemos cuál es la misión de nuestra vida, podemos llegar a fascinarnos con las herramientas y  perder de vista que son medios para un fin.

Dice el Maestro Alejandro Jodorowsky: “Uno no sabe nadar, el otro no sabe hacia dónde nadar. Los dos se ahogan”. Tan importante es saber qué hacer, como saber para que me sirve saber lo que sé, con qué propósito lo he incorporado a mi bagaje de conocimientos.
Cuando desconoces el propósito de tu vida, cualquier técnica que no te sirva para realizarlo, es mero conocimiento acumulado, que se transforma eventualmente en tiempo perdido. Si por ejemplo, tu misión es convertirte en pintor, ¿para qué quieres aprender a componer una sinfonía? no es lo tuyo. Tu deberías aprender cosas que te lleven a realizar esa misión elusiva, que siempre subyace en tu interior y que si no la descubres y la llevas a la práctica, se pudre por dentro y se refleja, en más de un sentido, en tu calidad de vida, en tu satisfacción personal y aún en tu apariencia física.

Desafortunadamente, hemos aprendido de nuestro entorno y de las personas que nos han educado (amaestrado),  que nuestras misiones de vida son siempre las mismas para todos: Tener mucho dinero, tener una pareja, tener una familia, y tener una salud amparada por seguros e instituciones dedicadas a tal fin.
No obstante, conocer tu misión de vida es una tarea prioritaria que debes de anteponer a cualquier otra técnica o filosofía existencial. Si no sabes hacia dónde vas, de qué te sirve conocer técnicas que no te llevarán a ninguna parte que sirva para tu crecimiento espiritual y humano.

El viaje es hacia adelante, pero indefectiblemente, tiene que ser un resultado del camino interno que tengo que recorrer previamente para poder conocer mi interior, con todos sus matices, virtudes y defectos. Si antes de todo no sé quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, cualquier técnica que adopte, por muy espiritual que parezca, puede no sólo no ayudarme a obtener mis sueños, sino a llevarme en sentido contrario.
No debemos olvidar que dentro de nosotros vive algo que no es nuestro, al que hemos llamado de muchas formas, entre otras, ego, y su deporte favorito es bloquearnos por todos los medios posibles, para crecer y orillarnos a permanecer en nuestra zona de confort indefinidamente. Cualquier técnica que aprendo para lograr mis sueños, el ego también la aprende y la utiliza para distorsionar mis resultados.

Antes de comenzar a utilizar cualquier disciplina espiritual, esotérica, mágica, es necesario recordar que la realidad se crea de dentro hacia afuera, y si mi “dentro” está gobernado por algo que no soy yo, mis fuerzas estarán divididas y por ende, también lo que obtenga.
Hasta que no me avoque a descubrir mi misión de vida y enfrente a ese pasajero que vive en mi interior, convenciéndolo de que trabaje para mí y no en mi contra (viaje interno), todo lo que me proponga tendrá resultados ambiguos. El camino es hacia adentro, y después como consecuencia, hacia afuera, porque hacerlo al revés, equivaldría a que intentáramos peinarnos, peinando a nuestra imagen que se refleja en el espejo en lugar de a nuestra propia cabeza.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La Voz del Silencio - artículo inédito


La voz del silencio
Las grandes elevaciones del alma no son posibles, sino en la soledad y en el silencio
                                                                                                                                           Arturo Graf
Estar en silencio es un lujo que raramente se puede permitir el hombre “civilizado”. Nuestras ciudades son estrepitosas por excelencia y a excepción del lecho nocturno, el ruido nos acompaña a dondequiera que vayamos. Esa condición nos ha alejado de la voz interna que trata de hablarnos por todos los medios, pero que hemos aprendido a ignorar olímpicamente.
Los pensamientos, que son fuente de creatividad, inspiración y autoconocimiento, son sustituidos y opacados, a veces voluntariamente por el radio, la televisión o cualquier otro distractor al alcance de la mano y del control remoto. Posiblemente sea el miedo inconsciente de tener que escuchar nuestros propios pensamientos, lo que nos orilla a ignorarlos. Es lo que se ha llegado a conocer como “la voz de la consciencia”, que aflora en forma de ideas y sentimientos.
La creatividad se manifiesta en el silencio mayormente. Tal es el caso de Beethoven, quien compuso su mejor sinfonía estando sordo, aunque eso no quiere decir que la incapacidad auditiva sea deseable. Lo que sí lo es, es el silencio que me pone en comunión con mi espíritu que aprovecha para dejarse escuchar. En las culturas orientales se acostumbra la práctica de la meditación, que obtiene iguales resultados
Al margen de eso, el silencio tiene un lenguaje propio que hemos aprendido a interpretar, de acuerdo a las situaciones, tal es el caso del médico cuando tiene que dar la noticia a los familiares de que la cirugía terminó en tragedia. El silencio lo dice todo.
También está el caso inverso, en el que nos encontramos ante el umbral de algo que es muy difícil de comunicar y se complica el doble cuando nosotros somos los interrogados. En ese caso, la mirada se desvía, generalmente hacia abajo, como buscando leer en el piso la respuesta adecuada. Es entonces cuando se vive en carne propia aquel refrán que reza: “El que calla, otorga”.
Existen momentos de solemnidad, donde alguien pide un minuto de silencio en memoria del recuerdo de una persona fallecida. Ahí el silencio es interpretado como reverencia póstuma.
Pero los silencios más importantes se presentan cuando algo que consideramos injusto nos ocurre en la vida y no existen respuestas para las preguntas de siempre: “¿Por qué a mí?”, “¿Por qué ahora?”. Como si el saber las respuestas fuera el remedio a aquello que nos aqueja. Incluso cuando volteamos la cara al cielo exigiendo una explicación, la respuesta es siempre un silencio eterno.
Si la vida no nos responde es por una muy simple y sencilla razón, la respuesta siempre reside en el interior de nosotros mismos. Como observamos el efecto afuera, creemos que la respuesta se encuentra en el mismo lugar, pero eso equivale a olvidar que todo lo que es denso y tangible, proviene del mundo de lo sutil, del mundo de las ideas. Nada puede existir en el mundo de la forma, sin haber sido antes un pensamiento. Evidentemente, una vez materializado, hay que hacerle frente de la misma forma, pero para entender por qué está ahí, tenemos que conocer desde dónde se generó.
De la misma forma en que se le da a un niño pequeño una medicina amarga por su propio bien y en contra de su voluntad, a veces la vida nos pone en situaciones que no nos gustan y no entendemos, pero que tenemos que atravesarlas para aprender a resolverlas y disolverlas, porque de no ser así, la misma situación nos perseguirá a donde vayamos, sólo cambiando escenarios y personajes, con tal de enseñarnos aquello que precisamos aprender, y hasta que no lo hagamos, aquello seguirá presentándose una y otra vez.
Si el niño tuviera la capacidad suficiente para entender, no nos preguntaría por qué le damos aquello que sabe tan feo, sino PARA QUE se lo estamos dando. Y eso es exactamente lo que hacemos los adultos cuando el doctor nos receta algo, le cuestionamos para qué es cada medicina que nos ha mandado.
No obstante, cuando nos sentimos “injustamente” tratados por la vida y los “¿Por qué a mí?”, “¿Por qué ahora?”, se hacen presentes. Es entonces cuando la vida nos contesta con un irónico: “Interpreta mi silencio”, que sirve para recordarnos el “para qué” nos pasa lo que nos pasa.
Ese aislamiento e incomprensión existencial que sentimos en esos momentos, deben llevarnos a ver el cuadro completo y no sólo un fragmento de la historia. Claro está, a nadie nos gusta sufrir, pero en el entramado universal, incluso eso tiene una función importante, que aunque de momento no veamos cuál es su razón, eventualmente nos será revelado con el paso del tiempo. Tal es la forma de auto-explicarnos nuestra propia vida, cuando se observa en retrospectiva. Si somos minuciosos encontraremos que absolutamente todo lo que nos ha ocurrido, por insignificante que sea, nos va llevando de causa en consecuencia, muy al estilo del efecto dominó.
Y justamente, frente al silencio que experimento ante lo que considero injusto, recuerdo que lo similar cura lo similar y es precisamente por ello, que tengo que procurar mis propios momentos de silencio, para que mi espíritu se haga eco de todo aquello que lo causó desde lo sutil y lo psíquico y de paso me revele la mejor forma de enfrentarlo y superarlo.
Me encuentro entonces con que mi prerrogativa cambia de “¿por qué me pasa esto?” a “para qué” no obtengo respuestas, “para qué me pasa lo que me pasa”, y es exactamente ahí, donde voy a permitir que la voz del silencio del universo, converse con mi propio silencio y de ese diálogo resulte que yo obtenga todas las respuestas que necesite y al mismo tiempo mi alma se nutra.
Reserva unos pocos minutos de tu tiempo para estar en silencio todos los días, para que permitas que la voz del silencio te hable y te permita conocer el propósito mismo de tu existencia.

sábado, 2 de noviembre de 2013

¿De qué se trata tu vida? - Artículo Inédito



¿De qué se trata tu vida?

Desafortunadamente, son tan pocas las veces que hacemos una pausa en el camino para evaluar lo hasta ahora recorrido y para hacer consciencia de a dónde nos dirigimos a partir de éste punto, que el resultado es que los automatismos de la rutina, terminan confundiéndose con el destino. Es por eso que llegamos a creer que mientras cumplamos nuestras obligaciones diarias, mientras nos mantengamos en estado de “productividad laboral”, la vida tiene que ser buena y nos sonreirá siempre.

Tal vez ese pensamiento se originó en la escuela cuando éramos pequeños y nos premiaban con buenas calificaciones si cumplíamos con nuestras tareas diarias, y tanto para los maestros, como para nuestros padres, éramos “niños buenos”, siempre y cuando nos alineáramos a lo que nos dictaban que teníamos que hacer. 

En última instancia, la obediencia ciega era buena y nos hacía merecedores de elogios y premios, y por ello, cualquier acto espontáneo que se alejara de lo aceptado por todos, se consideraba como rebeldía y era castigado con el desprecio y el sometimiento a los lineamientos correspondientes. Muy al estilo de lo que fue ilustrado por Richard Bach en el magnífico “Juan Salvador Gaviota”.

Por todo aquello, crecimos con la idea errónea, que todo lo que nos hace diferentes y únicos, debe ser sofocado si no se apega a lo que los paradigmas establecidos, han determinado que es lo mejor para nosotros. Infinidad de carreras artísticas se han visto truncadas en sus inicios, con el argumento de que: “Eso no te va a dar de comer, lo que debes de hacer, es buscar una profesión que te dé dinero”. 

Cuando llegas a la edad madura y te das cuenta que todos tus sueños de niñez y juventud  fueron sacrificados en aras del bien más “alto” de recibir dinero, la frustración se hace presente y paradójicamente, el dinero se aleja. En lugar de enseñarnos a recibir dinero como una consecuencia de la satisfacción personal, nos adiestraron a sentirnos satisfechos con el dinero como un fin. Seguimos siendo el niño que persigue la calificación más alta, ahora expresada en signo de pesos.

El resultado de todo esto es que colocamos “la zanahoria delante del burro” y que caminamos persiguiendo un objetivo de vida que no resuena en absoluto, con nuestra misión en este plano de existencia.

Trabajar mucho, acumular bienes y descansar poco, se han vuelto las directrices de la vida de la mayoría, incrementando dramáticamente el stress y la sensación de vacío interna, que se pretende llenar con papel moneda y sostener con adquisiciones materiales. 

Cuando en mis conferencias he hecho la pregunta: “Si yo te regalara diez millones de dólares, ¿Cómo sería tu vida?”, las respuestas siempre han sido del orden de “Estaría más tiempo con mis hijos”, “Frecuentaría más a mis amigos”, “Leería más libros”, “Vería más películas”, etc. Entonces les hago ver que para hacer eso no necesitan un solo peso, sólo la voluntad de hacerlo. Las cosas que nos hacen felices, no se compran, porque si así fuera los multimillonarios serían los seres más felices del mundo. Nada más lejos de la realidad.

Disfrutar de la vida, se convierte en una consecuencia del éxito financiero, cuando tendría que ser exactamente al revés. Nos hemos condicionado tanto al sistema de recompensa impuesto en la psique durante nuestra estancia en la escuela, que creemos que para disfrutar, primero hay que sufrir. O sea, no tengo derecho a disfrutar nada si primero no trabajé mucho para merecérmelo.

Se nos olvida que si estamos desempeñándonos en una actividad que realmente nos apasiona, el trabajo se vuelve disfrutable en sí mismo y no una medicina amarga que me tengo que tragar sin ganas de hacerlo. Un ser realizado es aquel que puede decir “Me divierto tanto y hasta me pagan por eso”. La felicidad es consecuencia de la realización, y la realización la obtengo cuando soy congruente con aquello que siempre he querido ser o hacer.

Si tu vida se trata sólo de obtener más dinero, porque compraste la idea de que “El dinero no es la felicidad, pero si lo más parecido a ella”, estás amordazando a tu niño interno que te grita desesperadamente lo que realmente viniste a hacer a este plano, pero cuando llegue el momento en que ya no le puedas tapar más la boca y te hable al oído en tu lecho de muerte, para entonces ya será demasiado tarde.

Tal como Paulo Coelho dice: “Todo hombre tiene la obligación de saber a dónde conduce el misterioso camino que pasa por enfrente de su casa”, es así que tenemos que encontrar nuestro propio camino, y si no existe, hacerlo y caminarlo, porque de esa forma, la grandeza, la realización y la satisfacción estarán esperándonos al final del mismo. Nunca hay que tener miedo a ser diferentes, lo único realmente temible es llegar al final habiéndonos negado la oportunidad de hacer lo que realmente nos gusta. Después de todo, de eso es de lo que verdaderamente se trata la vida.