Este sitio te permitirá acceder a los artículos de Rigo Vargas publicados en el periódico "El Sol de León", en la columna del mismo título

domingo, 30 de septiembre de 2012

El amor y el deseo - publicado el 30 de septiembre de 2012


El amor y el deseo

Uno de los aspectos que refleja el estado actual de nuestra sociedad, es la separación que existe entre el amor y el deseo. Lo común es amar una cosa y desear otra, cuando muestro interés debería dirigirse hacia el mismo lugar. Ese hecho divide nuestra energía y los resultados terminan siendo nefastos, tanto a nivel personal, como a nivel social.

Lo primero es ubicar si el amor es causa del deseo o el deseo es causa del amor. Existen muchas opiniones al respecto y todas son valiosas. Sin embargo, con el afán de contribuir a dar más luz sobre el tema, tendremos que re-formular nuestros propios conceptos al respecto.

El deseo es lo primero que aparece, porque se trata de una respuesta fisiológica ante un estímulo sensorial que induce al contacto íntimo con la persona que es la fuente del mismo. Se le llama “objeto de deseo”, porque como la palabra lo indica, el deseo actuando como motor único de mis actos, degrada al grado de “objeto” a la persona en cuestión.

El amor, que puede aparecer, antes, nunca o después del deseo, implica un grado de compenetración y entrega mucho más profundo, donde dos seres afines se conjugan para compartir la vida en todos los aspectos posibles, generando una resultante que los combina, los fortifica y los expande para lograr el doble de metas, que si lo hicieran cada quien por su cuenta. 

Sin embargo es común no distinguir la diferencia entre el amor y el deseo, por que casi siempre comienzan naciendo de la misma fuente. Incluso, es muy frecuente escuchar a personas decir que están confundidas, porque no saben si es amor o deseo lo que sienten por alguien. Ambos sentimientos son independientes, pero no mutuamente excluyentes. Puede existir, el uno sin el otro, sin condicionarse entre sí.

Dado que el deseo siempre se atribuye a instintos perversamente ubicados como “bajos”, la idea del amor romántico plantea que para poder desear a alguien, primero hay que amarlo, para así lograr enaltecer aquellos “bajos instintos” y eliminar la culpabilidad que éstos producen enmascarándolos con el amor que se dice sentir.

Desafortunadamente, es altamente común que al estar en una relación, se ame a una persona y se desee a otra. Tan es así, que esa es justamente la razón por la que la infidelidad se ha vuelto el pan de cada día, provocando con ello la separación eventual de las parejas, por estar dividida su atención en dos o más personas diferentes. Esto se debe a que todo lo que une, separa. Si el deseo me llevó hacia una persona, es ese mismo deseo el que me aleja de ella para volcarse sobre alguien más.

La parte animal en nosotros nos indica a quién desear, pero la parte humana y racional nos revela a quién hay que amar. Normalmente creemos que tanto el amor como el deseo es algo que “nos sucede” y de lo que no tenemos forma de dirigir o encausar. Este pensamiento es provocado por la aceptación generalizada del amor “romántico” del que ya habíamos hablado en el artículo “La supervivencia del amor en tiempos de desamor”. La realidad es que si es posible elegir a quien amar y a quien desear, y por tanto dependerá sólo de nosotros mismos hacer que ambas fuerzas converjan en un mismo punto.

El sólo hecho de saber que esto es posible, arroja una luz de esperanza sobre las tremendamente frágiles relaciones de pareja que hoy en día se separan a la menor provocación, pero como siempre, no hay resultados valiosos que no impliquen esfuerzos de las partes involucradas. 

Si aprendes a amar lo que deseas y a desear lo que amas, tu relación tendrá un auge emocional, como la que se suele tener en los principios, cuando el amor y el deseo van ineludiblemente ligados a la misma persona.

¡Que tengas un hermoso fin de semana!

domingo, 23 de septiembre de 2012

Sentencia Previa: Las profecías autocumplidas - publicado el 23 de septiembre de 2012


Sentencia Previa: Las profecías autocumplidas
En el año de 2002, se estrenó una película de ciencia ficción que llevaba el nombre de “Sentencia Previa” (Minority Report) protagonizada por Tom Cruise y basada en el libro de Philp K. Dick del mismo nombre. En ella, una unidad especial de policías, llamada “Precrimen” era capaz de predecir cuando un sujeto iba a cometer un crimen con unos minutos de anticipación y era arrestado por su delito potencial, antes de cometerlo.

Aunque allí se hablaba de ciencia ficción, en la vida real ocurre algo que tiene un paralelo con esa película. Me refiero a las Profecías Autocumplidas (PA), que son el camino asegurado al fracaso, en cualquier situación que se les encuentre. Tal como en la película una PA es una “sentencia previa” aplicada a un evento que se está desarrollando o está por aparecer, y que tiene un catastrófico final anunciado desde antes de concluirse.
Este concepto es un aporte del sociólogo Robert K. Merton que define la PA como: “La profecía que se autocumple es, al principio, una definición “falsa” de la situación que despierta un nuevo comportamiento, que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva “verdadera”. Esto es: Se me presenta una situación cualquiera y mis pre-juicios la definen falsamente, lo que me lleva a comportarme de forma huraña ante ella. Ese comportamiento provoca que mi falsa definición inicial se convierta en verdadera, perdiendo de vista que fue mi actitud previa lo que lo ocasionó.

Es el caso donde, el resultado es invariablemente malo y aparece el razonamiento: “Claro, pero si yo ya sabía que así iba a terminar. Siempre ha sido así…”  Es una astuta trampa del ego para darnos razones que sustentan lo que desde antes sospechábamos que podría ocurrir. Es el pre-juicio que genera el resultado no deseado, para confirmarse a sí mismo.
Al sentirse descubierto, el ego se defiende funda-mentando, o sea poniéndole una “funda mental” al hecho, para mantener su postura catastrofista. “Si siempre ha ocurrido lo mismo en experiencias pasadas ¿por qué ahora será diferente? Tengo que escuchar a la voz de la experiencia que me dictamina que volverá a ocurrir una vez más”.  Esta es la percepción actuando en contra de nosotros mismos. Lo que el ego pasa por alto, es que si el evento fue negativo en el pasado, también fue causado por el mismo pre-juicio que ahora esgrime como prueba.

Cuando desestimamos o aún, ignoramos el poder que tenemos para controlar nuestra propia realidad, las PA conforman la semilla de lo que habremos de obtener y que perceptualmente, nos ubica como víctimas de las circunstancias. Y bien podríamos afirmar que las circunstancias son el efecto necesario de los pensamientos, las palabras  y los sentimientos que los precedieron, asegurando así un resultado invariablemente malo. Nuestra certeza es tan determinante e irrevocable, que el efecto adverso aparece ante nuestros ojos de forma necesaria. Es como rezar para que las cosas malas nos ocurran.
De la actitud que tomemos para abordar cualquier evento que se nos presente, ésta determinará su resultado por consecuencia. Las PA están basadas en el miedo a lo desconocido y por tanto, en el miedo al éxito. Si desconozco como es lidiar con el éxito, prefiero quedarme cómodamente en mi zona de confort, donde los fracasos los he manejado siempre como viejos conocidos.

Las PA se presentan como algo de lo que tendremos que aprender a enfrentar, si verdaderamente queremos lograr realizar cosas valiosas en la vida. Dentro de nosotros habita un juez implacable que le encanta juzgarnos por todo lo que hacemos o dejamos de hacer, y cuando eso no es suficiente para desanimarnos, nos dicta “sentencias previas” sobre lo que queremos emprender, asegurándonos que todo saldrá mal y condenándonos de antemano por ello.
Comprender todo esto no basta, nuestra fortaleza y astucia deben ser utilizadas para lograr bloquear la tendencia al prejuicio de la que se vale el ego para sacarnos del camino hacia la realización de nuestros sueños, si es que verdaderamente aspiramos a lograrlos.

¡Que tengas un magnífico fin de semana!

domingo, 9 de septiembre de 2012

La ciencia de la paz: la Paz-Ciencia - publicado el 09 de septiembre de 2012

La ciencia de la paz: la Paz-Ciencia

Uno de los valores más escasos hoy en día es la paciencia. El ritmo acelerado de la vida, ha propiciado que queramos las cosas lo más rápido posible porque “el tiempo es oro”, y por lo tanto no lo queremos perder. Desde cosas tan simples como la comida “rápida”, (que a diferencia de la comida normal parece de utilería), hasta la sobreabundancia de créditos que enarbolan el sugerente eslogan de “Disfrute ahora y pague después”, el entorno que nos rodea, nos conduce cada vez más a ser menos pacientes y más desesperados..
La paciencia está tan devaluada en nuestro mundo actual, que usamos el término para referirnos a alguien incompetente: “Hay que tenerle paciencia”, ó “Ya me colmó la paciencia”, como si fuera un sacrificio innecesario. No obstante, las cosas más valiosas de la vida, se pueden obtener únicamente cuando desarrollamos la cualidad de ser pacientes.

Lo primero que nos debe ocupar es la definición de paciencia, para efectos de entender desde dónde la estamos abordando: La paciencia es la percepción de la distancia temporal entre las ideas de “lo quiero” y “lo tengo”. Dicho de otro modo, es la forma en que percibo el tiempo que transcurre entre algo que quiero y su materialización.
Eso nos lleva a generar una asociación de ideas, consecuencia de lo anterior: “Cuando obtenga lo que quiero, entonces tendré paz”. Desafortunadamente, para efectos de hacer resonancia con las leyes universales de manifestación de la realidad, esa idea es exactamente lo que nos lleva a dificultar la realización de nuestros sueños.

Se nos ha educado que para obtener algo, debemos cuestionarnos “que necesito para”. Por ejemplo: Quiero un auto, entonces necesito dinero para comprarlo, entonces necesito un trabajo para ganarlo, entonces necesito capacitarme para el trabajo, etc. Las culturas más antiguas del mundo nos enseñan que lo único que debemos preguntarnos para obtener algo es “de qué me tengo que vaciar para obtener lo que quiero”, esto es, que es lo que hay dentro de mí, que se interpone entre yo y lo que quiero.
Por esa misma razón, hemos creído que los sentimientos son resultado de una situación que nos toca vivir, cuando perdemos de vista que esa situación que experimentamos es causada por los sentimientos que la precedieron. Los sentimientos es algo que podemos elegir sentir y que no tienen por qué ser únicamente respuestas emocionales a las circunstancias actuales, sino semillas de las que están por llegar.

Ubicado esto, entonces el enunciado que más arriba señalábamos queda transformado en: “Cuando tenga paz, entonces obtendré lo que quiero”. La materialización de mis sueños, es el resultado de estar en paz, no lo contrario.
La forma de desarrollar la paciencia, es con-vencernos, vencernos a nosotros mismos, con la certeza de que mientras no cesemos de dirigirnos hacia lo que queremos, desde un estado de paz interior, las cosas eventualmente llegarán cuando estemos preparados para recibirlas. Debemos transformar el pensamiento popular que advierte “El que espera, desespera” en “El que persevera, alcanza”.

No hay que perder de vista que la paciencia tiene dos polos: la que otorgo y la que me tienen. La propia es cuestión mía controlarla, la externa se puede presentar como un obstáculo que hay que aprender a encausar en mi beneficio.
Las antesalas de los médicos, siempre tienen gente esperando ser atendida, porque aunque tengan una cita previa, es muy difícil prever cuanto tiempo le va a tomar a cada uno. Curiosamente, a los que esperan se les llama “pacientes”. El paciente es el que “paz siente”. Pues con la misma certeza que un “paciente” sabe que será atendido cuando le toque su turno, así se debe aprender a esperar que las cosas que anhelamos lleguen, siempre y cuando no cesemos de dirigirnos a ellas. Abandonar la conquista de los sueños por desesperación, sería como abandonar la antesala del doctor, porque se está tardando demasiado.

Alguna vez escuché que aquel que logra desarrollar la paciencia, no hay nada que no pueda conquistar en la vida y estoy totalmente de acuerdo.  Si aprendes a cultivar la paciencia, lograrás cosas tan grandes, que otros, por desesperación, jamás podrán alcanzar. Después de todo “Roma no se hizo en un día”.
¡Que tengas un maravilloso fin de semana!

domingo, 2 de septiembre de 2012

La resurrección de todos los días - publicado el 02 de septiembre de 2012


La resurrección de todos los días

Todos los días, al terminar la jornada de la vida diaria, nuestro cuerpo necesita descanso y procedemos a realizar el familiar y necesario acto de ir a dormir. No hay nada mejor que una tibia cama y una almohada suavecita para entregarnos de lleno al mundo de los sueños. Al entrar a ese reinado onírico, la mente pierde la noción de situación del cuerpo y comienza a deambular caóticamente, entre lugares, personas y situaciones que se transforman unas en otras sin orden aparente.

La postura del cuerpo para prepararse a dormir, no es muy diferente a la forma en que se acomoda a un cuerpo inerte que yace sin vida en un ataúd. Los muertos pierden la conciencia del mundo que les rodea de una forma muy parecida a los que duermen, con la diferencia que estos últimos eventualmente despiertan, mientras que los primeros duermen el llamado “sueño eterno”.

Visto desde esta perspectiva, cada vez que dormimos, nos desconectamos de la realidad circundante de forma tan radical, que aparentemente “morimos” a ella, al trasladar nuestra conciencia a otro lugar, por lo que podemos deducir que al despertar de ese mundo surrealista de todos los días, “resucitamos” al mundo denso que definimos como “real”. Después de todo, la muerte se perfila como un sueño del que ya no vamos a despertar, y que en él, probablemente recordaremos la vida como un sueño. 

Ninguneamos los sueños porque al contrastarlos con el mundo “real”, les restamos importancia. Con frecuencia escuchamos “Fue sólo un sueño”, como si no hubiera que tomarlos en cuenta como parte de nuestro diario vivir. De pronto, olvidamos que pasamos la tercera parte de nuestra vida dormidos, y no sólo descansando, pues de hecho, la mente descansa muy poco durante el período de sueño diario.

Una de las razones por las que no los tomamos en cuenta, es por la falta de continuidad. Todos los días al despertar, nuestra historia comienza justo donde la dejamos un día anterior. En cambio, en el mundo de los sueños, es muy poco común que continúen donde se quedaron la noche pasada. Nuestra percepción en estado de vigilia es lineal, esto es, percibimos un evento después del otro de forma secuencial, y todo lo que no lo sea, lo ignoramos o le restamos importancia, porque no lo entendemos. 

Esta limitante perceptual, se debe a que nuestro sistema nervioso, funciona a base de impulsos secuenciales, lo que nos orilla a percibir las cosas de ese mismo modo. Es cómo el corazón que al latir, hace la sístole (contracción) y luego la diástole (relajación) y así sucesivamente.

Cuando ingresamos al mundo de los sueños, nuestros sentidos comienzan a captar visiones, sonidos y sensaciones, que conforman nuestra realidad de ese momento. Ahí nos damos cuenta que no vemos con los ojos sino con la mente, si no ¿cómo soñaríamos si tenemos los ojos cerrados? Y mejor aún, ¿cómo sueña un ciego de nacimiento, si no tiene referentes visuales?

En el mundo de los sueños, se le prohíbe estrictamente la entrada a la lógica y al razonamiento, que sólo pertenecen al mundo de la vigilia. Ahí, todo se vale y no hay restricciones de ninguna especie. Y me doy cuenta de eso, porque al despertar, lo primero que hago es juzgar lo que recuerdo del sueño. Cuando aún no he acabado de desmodorrarme, el juez interno ya comienza sus labores diarias.

La información que puedas recordar de un sueño vívido, es muy valiosa para develar asuntos que requieren tu atención en el mundo de vigilia. Es recomendable llevar un diario de sueños, porque algunos de ellos no revelan su significado de inmediato y también, porque a medida que empieza a transcurrir el día, tienden a olvidarse. Es importante anotar que no existe una fórmula universal interpretativa de los sueños, porque cada quien le otorga un significado diferente al mismo concepto. 

Y tal vez lo más importante de todo este ritual de dormir y re-suscitar a la vida diaria, sea no perder de vista que el mero hecho de abrir los ojos una vez más, es motivo suficiente para sentirnos agradecidos con la vida, y en un acto de reciprocidad, tratemos de vivir plenamente cada nuevo día, antes de que el “sueño eterno” ya no nos permita despertar una vez más.

¡Que tengas un feliz fin de semana!

domingo, 26 de agosto de 2012

El culto a la juventud - publicado el 26 de Agosto de 2012

El culto a la juventud

Es interesante escuchar como se refieren a nosotros las personas que no nos conocen, y cómo nos hace sentir esa denominación, a medida que va cambiando. Cuando eres “bebé” o “nene”, todo es ternura, mimos y cuidados. Después te conviertes en “niño” y eso te hace sentir muy bien, porque empiezas a tener conciencia de ti mismo y buscas lugares, eventos y cosas para niños. Después empieza la adolescencia y te dicen “joven”, tu cuerpo manifiesta su expresión más estética como antesala para la reproducción, y a consecuencia de ello te empiezas a sentir atraído al sexo opuesto. La vida se convierte en una aventura llena de energía y disposición a probar cosas nuevas.
En ese momento, eres la promesa de una vida perfecta y estás tan lleno de potencial, que crees que no hay nada que, si te lo propones, no puedas lograr. Como dice el refrán “Se te hace chico el mar para hacer un buche de agua”.

Pero luego algo ocurre, sin previo aviso. Un buen día sales a la calle y la gente te empieza a decir “señor” o “señora” y te sorprendes tanto que te miras en el espejo y entonces te das cuenta que tu cara y tu cuerpo ya comenzaron a mostrar señales del paso del tiempo. Al principio no entiendes que sucedió, porque internamente te sientes igual que cuando eras el “joven”, y hasta llega a molestarte que se refieran así a ti.
A partir de ahí comienza una lucha causada por la resistencia a envejecer, tratando de contrarrestar los efectos del tiempo en el cuerpo. Existe toda una industria cosmética que se mantiene precisamente, gracias a ese sentimiento. Los tintes, las cremas, el ejercicio para conservar una figura juvenil, y hasta la cirugía estética se convierten en herramientas indispensables para tratar de perpetuar el estado de juventud que lenta e indefectiblemente, se va perdiendo.

Todo este panorama es causado por una valoración errónea que habita en el inconsciente colectivo: “La juventud es buena y la vejez es mala”.  Este es uno de los factores de donde nace el miedo a envejecer y todas sus consecuencias. Esta idea se mantiene debido a la percepción lógica de que un viejo está más cerca del final que un joven, lo cual se genera desde otro de los miedos más latentes en la psique, el miedo a la muerte.
Para englobar esta tendencia, se ha acuñado una palabra que resume este nuevo paradigma: “Efebismo”, que se refiere a la preferencia por los jóvenes en cualquier campo social. Su origen se remonta a la antigua Grecia, de donde proviene la palabra “Efebo”, que significa adolescente. Y a su vez, adolescente es aquel que “adolece” de algo, que carece de algo. En el otro extremo, “vejez” proviene de “vejar” que quiere decir, maltratar, molestar, perseguir. Eso pone en perspectiva la forma inconsciente en que la sociedad trata a los ancianos.

La discriminación hacia los viejos, se hace patente en la tendencia de segregarlos de todas las formas posibles. Si se tienen facilidades económicas, acaban en asilos, o si no, se les orilla a la mendicidad, y en muchos casos se les considera inútiles, improductivos y hasta estorbos. Tan es así, que el mundo está diseñado para jóvenes sin tomar ya en cuenta a los ancianos, que “al fin y al cabo ya van de salida”. No hay que olvidar la sentencia que reza, “Como te veo, me vi, y como me ves te verás”.
Es de llamar la atención, que tanto en las culturas antiguas que lograron una calidad de vida envidiable para nosotros los “civilizados”, como en las que aún se conservan estos conceptos, la vejez es apreciada y venerada como una cualidad y no como un defecto, ya que por el hecho de haber vivido más, se obtiene uno de los valores más ignorados por nuestra sociedad actual: la sabiduría. Eso queda plasmado en el conocido refrán, “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”.

Curiosamente, cierta parte de la juventud actual comienza a padecer enfermedades que antes eran exclusivas de los viejos, todo el día están de genio, no hacen nada, se aíslan, etc. Incluso ya se han reportado casos de Alzheimer juvenil. Ahora existen más jóvenes-viejos que nunca antes.
La juventud es maravillosa, pero es sólo una etapa de la vida, y todas las etapas tienen algo muy valioso que enseñarnos. Si creemos que el esfuerzo para ”parecer” que nos perpetuamos en una de ellas, nos va a dar las mismas ventajas que cuando teníamos la edad que queremos representar, estamos tratando de “tapar el sol con un dedo”. Después de todo, la edad es sólo la medida de tiempo que nuestra conciencia ha pasado habitando el cuerpo físico, con la única misión de aprender para evolucionar. Y en esto los ancianos tienen mucho que enseñarnos.

¡Que tengas un feliz fin de semana!

jueves, 16 de agosto de 2012

El valor de valorizar - publicado el 19 de agosto de 2012


El valor de valorizar

Normalmente, se suele medir el valor de una persona por sus logros materiales y posesiones acumuladas. El sistema económico en el que vivimos nos ha orillado a creer que el éxito en lo material, es la meta más deseable a la que podemos aspirar en la vida. Esto es una manifestación externa de aquella idea que tenemos grabada con letras de fuego en nuestra psique: “mientras más, mejor”.

Está tan arraigada en nuestro inconsciente la asociación mercantil, valor es igual a precio, que cuando alguien nos desdeña decimos que nos “despreció”, como si fuéramos un producto de supermercado al que le quitaron el precio y por ende pierde su valor. Por el contrario, cuando alguien nos quiere, decimos me “aprecia”, o sea reconoce mi precio, por lo tanto soy valioso.

Esta situación, nos ha llevado a confundir el valor de un objeto con el valor de una persona lo cual queda plasmado en la conocidísima frase: “Cuánto tienes, cuánto vales”. Esta idea se ha aceptado tanto que incluso se hacen reportajes y artículos de los cincuenta hombres más ricos del mundo. Me gustaría ver que alguna vez se hiciera un reportaje sobre los hombres más felices del mundo, o los más sabios, o los más éticos. Sería interesante ver cuántos de los más ricos podrían caber en estas otras clasificaciones. 

A este tipo de valores insustanciales, debido a que no se les puede cuantificar, se les relega, o en el peor de los casos se les confunde, al creer que sólo el que ha logrado una gran fortuna, es en consecuencia, feliz, sabio y ético. Basta con leer los titulares de los periódicos y enterarnos de los escándalos en los que se ven envueltos los ricos y los famosos, para darnos cuenta de lo contrario.
En más de una ocasión, nos quejamos de que nuestros actos o logros no son valorizados por nuestros seres queridos. No obstante, el valor de una persona, debe estar determinado por y para ella misma, y nunca definido por lo que un tercero pueda opinar. 

La forma más sencilla de aprender a valorizarnos nosotros mismos, es por reflejo. Esto es, debes aprender a ver lo valioso en los demás, para así encontrar lo tuyo propio. Por ejemplo, en una conversación, estás ansioso por hablar, porque te escuchen, porque sabes que lo que quieres decirle a la otra persona es importante e interesante. Perfecto, pero ¿Qué hay de lo que la otra persona te quiere comunicar? ¿Te interesa? ¿Te importa? ¿O sólo finges que sí con tal de que ya se calle para poder continuar hablando de lo tuyo? A veces ni siquiera la escuchas por que estás pensando en lo siguiente que le vas a decir.

No se trata sólo de aprender a escuchar, que ya es importante por sí mismo, sino de lograr establecer una compenetración completa con tu interlocutor, donde en ese instante, te permitas ver el mundo a través de sus ojos, y eso se logra evitando juzgar aquello que te está externando.

También hay que considerar los vicios de nuestro lenguaje con respecto al valor. Como ejemplo la usadísima frase. “Me vale madre”, la cual usamos para decir que algo o alguien no nos importa, en términos muy folklóricos. Esto presenta una ambigüedad para el psiquismo, porque la madre juega un papel ambivalente. En este caso es lo peor, pero al ser “mentada” es lo más puro e intocable.

Entonces, si ubicamos que mi valor sólo debe ser determinado por mí mismo y no por factores o personas externos, y que curiosamente, “valor” y “valiente”, tienen la misma raíz, entonces mi verdadero valor se hace presente ante mí, cuando me atrevo a alcanzar mis sueños. Es entonces que armarme de “valor” me auto-define como persona “valiosa” en mí mismo, sin necesidad de evaluaciones externas, que finalmente son sólo formas de calificar el valor de alguien, tal como la palabra lo indica.

Continuar en el camino que te lleva hacia la realización de tus ilusiones, implica valor y te da valor al mismo tiempo. Nunca lo abandones ni permitas que alguien te califique en ese sentido. La valorización que te des a ti mismo, es la única referencia que debes considerar. Después de todo tu eres el concursante y el juez al mismo tiempo. La responsabilidad de dar un buen desempeño y los frutos que de ello se obtengan son sólo tuyos.

¡Que tengas un maravilloso fin de semana!

domingo, 12 de agosto de 2012

El síndrome del "Atole con el Dedo" - publicado el 12 de agosto de 2012


El síndrome del “Atole con el Dedo”

Una frase que usamos los mexicanos muy frecuentemente es “dar atole con el dedo”. La Wikipedia ubica su significado como “embaucar, engañar, defraudar”, sin embargo, esa es una definición muy simplista que no alcanza a reflejar la idiosincrasia de quienes formamos parte de este país. 

“Dar atole con el dedo”, se refiere estrictamente a alguien que te da una probadita de atole, con lo que alcanza a pegarse en su dedo al sumergirlo en la bebida. Esta idea, proyectada en la vida diaria, significa que te conformas con lo poquísimo que alguien te comparte de cualquier cosa. Esto ubica al “que te da el atole” como un abusador que se aprovecha de una necesidad, y al que acepta recibirlo, como un conformista.

Sin embargo, volviendo a aludir a la sabiduría popular, existe otro refrán que dice. “No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”. Aplicándolo a este caso, encontraríamos que la frase resultante de ambos pensamientos sería: “No tiene la culpa el que da atole con el dedo, sino el que se lo acepta”.

Tratando de encuadrar estos comportamientos dentro de la idiosincrasia del mexicano, tenemos una frase que los explica a ambos y los mantiene vivos y operantes: “Peor es nada”. Así es, eso pensamos cuando llega alguien a darnos “atole con el dedo” y por eso nos perpetuamos en un eterno conformismo que nos inmoviliza en una zona de confort crónica.

Tanto el que da el “atole”, como el que lo recibe, tienen algún interés el uno en el otro. El primero busca que el otro siga comiendo de su mano, por lo que le da sólo una probadita, para generar en él la esperanza de que algún día reciba más. El segundo, que está en una posición de desventaja por depender del primero, lo único que persigue es que no le dejen de dar su pequeña dosis de “atole”, lo que le parece suficiente.

También hay que considerar al que se da “atole con el dedo” a sí mismo, y ese es el peor de los escenarios. Esta persona es la que siempre se conforma con poco, y por ello, sus logros son mediocres, sin embargo a él le parece más que suficiente. Como valora poco sus sueños, con cualquier mínimo resultado siente que ya lo logró y que con eso basta. Ha olvidado los propósitos de su existencia y actúa en consecuencia.

Esta filosofía del conformismo tan comúnmente aceptada, es un enemigo acérrimo de la manifestación de los sueños que deberíamos cristalizar para darle sentido a la vida. Desafortunadamente la auto-indulgencia ha pasado a formar parte del inconsciente colectivo, por lo que el primer paso para combatirlo, es estar consciente de su presencia.

En el terreno de las relaciones humanas, existe el “necesario” y el “necesitado” quienes generan una simbiosis interdependiente, pudiendo llegar fácilmente a extremos de sadismo y masoquismo, formando una relación enfermiza y con perspectivas poco halagadoras para ambas partes.

Debido a que lo similar cura lo similar, o bien, al fuego se le combate con fuego, entonces la solución a este estado de conformarse con poco, es manipular la idiosincrasia a nuestro favor, usando los refranes y dichos de uso común que la reflejan en nuestro lenguaje cotidiano.

Así que, cuando alguien te ofrezca “atole con el dedo”, no cometas el error de aquel que “ve burro y se le antoja viaje”, y no se lo recibas.  Recuerda que “Tanta culpa tiene el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”, evita contribuir a perpetuar al que te raciona y no cambies lo mucho por lo poco para que no te den “gato por liebre”. La zona de confort dicta que “más vale malo por conocido que bueno por conocer”, pero eso es una trampa del conformismo, no importa quien te lo dé, nunca te contentes con poco. Si llegas a resignarte a sólo lograr un pequeño resultado, te puede salir “más caro el caldo que las albóndigas”. Mantén tu dirección firme en aquello que quieres y nunca cedas tu empeño porque “el que porfía mata venado”. 

¡Que tengas un feliz fin de semana!